
LA LEPROSA
nada es tan exquisito a quien lo prueba:
bien conocíamos esto ella y yo.
En un palacio real le servía
licores y manjares opulentos.
Por besarla en la frente me moría,
no comía ni conciliaba el sueño.
Sabe Dios que no me quiso jamás,
yo un pobre escribiente feo y modesto
que apartó su capucha clerical
por ver sus labios y amoroso pelo.
Me saca de quicio pensar en esto.
Sí, por más que Dios siempre me ha odiado
y lo hace ahora que besar puedo
sus ojos mientras trenzo su peinado
igual que antes caía por su frente,
estoy contento de tenerla muerta
en esta choza mísera y agreste
en que hoy beso sus ojos y cabeza.
Mejor sabe el amor que tiernos frutos
bajo nieve; nada hay como el amor,
ni ámbar en mar helado -estoy seguro-,
bien que conocemos esto ella y yo.
En tres ideas fijas me complazco,
primero me complazco y pienso en esto:
el dorado cabello de su amado,
su boca que incitaba en ella al beso.
Luego recuerdo aquel amanecer
que lo llevé por un paso escondido
hasta su reja, y cómo allí después
ella mimosas palabras le dijo.
(Frías carreras de pequeños pies
–sus dos pies albergaría mi mano–.
Prodigio es que pudieran sostener
el cuerpo enhiesto de aquella a la que amo)
“Dulce amigo, que Dios os lo agradezca.
Soy pura ahora y libre de deshonra,
y no me llevarán hasta la hoguera
por esta dulce falta escandalosa.”
Palabra por palabra lo repito.
Ella, recostada sobre la cama
y sosteniendo sus pies, así dijo.
La tercera de que hablé es la más grata.
El Dios que crea el tiempo y lo devasta
sin que Él cambie jamás, Dios sempiterno,
el cuerpo todo amor que ella habitaba
mudó con grave mal, su dulce cuerpo.
El amor es más dulce y placentero
que el canto en el collar de la paloma.
La escupieron todos, la maldijeron,
la echaron por juzgarla indecorosa.
Y pensaron que Dios le había mandado
esa cruel maldición por castigarla.
Necios eran si no veían claro
que a todas en dulzura aventajaba.
El que había acariciado su pelo
cegándola con besos en los ojos
sintió que, tenso y desnudo, su pecho
suspiraba bajo él entre sollozos
salidos de sus labios y garganta,
de su cuerpo roto por el amor.
La boca de él sufrió de mala gana
esas lágrimas que ella derramó.
Sí, aquel en cuyo abrazo por la noche
dormía o saltaba su cuerpo ardiente
con besos que dejaban moratones,
asqueado la huyó como a la peste.
En esta choza agreste la oculté,
agua le servía, y mísero pan.
El placer de besar una y otra vez
su frente me llegó casi a matar.
Se acabó el pan; quedaba sólo el agua
y cogíamos hierbas y semillas.
Tanto placer tenía con besarla
que me era igual el sueño y la comida.
Dichoso de servirla, a veces raudas
lágrimas resbalaban de mis párpados
mojándola, tanto me deleitaba
servirla como Dios tiene vedado.
“Vete, deja que muera en solitario,
te suplico que me dejes en paz.”
Dicho esto, cesaron de hablar sus labios
junto a los míos, y rompió a llorar.
Yo le dije: “Piensa cómo el amor
hizo a los dos correr la misma suerte.
¿He de abandonarte? No quiera Dios.
Mi alma estará ligada a ti por siempre.”
Sí, por más que Dios nos aborrezca, Él sabe
que muy difícilmente en una cosa
afloja el amor en la labor que hace
hasta que está granada la mazorca.
Seis meses, mas ahora que no vive
me vence el desasosiego: no sé
si estaría bien cuanto hice y dije
o si es que de un detalle me olvidé.
Era demasiado dulce toda ella
para haber abandonado la vida
a trozos; si su inmóvil boca se abriera
algo que ahora olvido ver podría.
Seis meses; sentado en silencio pongo
en dos frías palmas sus fríos pies.
Su pelo, mitad gris y oro ruinoso,
al besarlo me turba y me hace arder.
Me requema el amor, me aguijonea
al ver su rostro enjuto hasta los huesos.
Sus párpados consiguen que enloquezca,
ellos que purpúreos refulgieron.
“Pórtate bien conmigo, que me cansa
ya tanta vergüenza,” decía entonces.
“Me moriré si tú no dices nada.”
Y hoy está muerta, y la vergüenza dónde.
Y por el desdén suyo de otro tiempo
seguro que sentía desazones.
Jamás debí haberla besado, es cierto:
la ira de Dios se burla de los hombres.
A mí también ella me habría amado
si sólo hubiese sido más sumiso.
No vio que la vergüenza da la mano
al amor, aunque su vergüenza lo hizo.
Demasiado recibí de mi amor,
ganando por mi humilde servicio
su gran belleza sin comparación,
su rostro y su dulzura, que es lo mismo.
Todo el tiempo que me ocupé de ella
sé que recordaba a su antiguo amor,
que creció el viejo desdén que sintiera
unido al asombro en su corazón.
Tal vez mi amor estuviera mal
–la copia torcida y emborronada,
que se hace entre tinieblas, de un misal;
música estropeada por palabras–.
Pero la verdad, querría haberlo hecho
todo de la mejor forma. Tal vez
porque fracasé, echando algo de menos,
ella retuvo en su corazón a él.
Ya todo esto me está dejando a ciegas:
ahora quizás ella pueda ver
con mayor conocimiento; aún queda
la vieja pregunta. ¿No hará Dios el bien?
A. C. SWINBURNE
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