Aquellos dos chalés representaron,
–ni aplausos ni abucheos, media entrada–
la ópera bufa de la educación para ir muriendo,
en mi primer colegio.
Los otros niños eran islas más lejanas
que la Australia del mapamundi o que el Hawai
premiado en el concurso de los viernes.
El babi de listas azules,
capa de guerreros medievales;
el patio, un torneo en el que no había princesas.
En cartoné, a plumilla, con trincheras
y cortes de pelo de los años cincuenta,
El pequeño explorador de la lengua inglesa
fue el primer capítulo inseguro
de estos versos de Shakespeare que hago míos.
Os evoco, remotas señoritas
de nombres que ahora enseñan el olvido:
el débil, el huraño, el embustero,
compartirá con vosotras las bancas
cuando la muerte a su aula nos llame
con ese timbre que quizá ya alguna
haya escuchado.
Pero en realidad no sé
(nunca supe nada, ¿recordáis?)
si aquello será clase o el recreo.
Comentarios
Un abrazo
Me encanta el tono gentil, suavemente caballeroso, para aceptar esa posibilidad.
"Os evoco, remotas señoritas
de nombres que ahora enseñan el olvido:
el débil, el huraño, el embustero,
compartirá con vosotras las bancas
cuando la muerte a su aula nos llame
con ese timbre que quizá ya alguna
haya escuchado".
Muy bueno.
Me intriga Antonio, el titulo: “Virgen de Guadalupe” hay misticismo en el poema, lo veo, mas no atino.
Abrazos leves.
Sergio Astorga
Supongo que el título me habrá traído insospechados lectores mexicanos, ¿no?
Un abrazo,
Braenwyn / Gaela
Un saludo entrañable.