La prohibición de un acto de homenaje literario a Agustín de Foxá por parte de la quinta teniente de alcalde del Ayuntamiento de Sevilla, concejal de IU, ha tenido una repercusión imprevista en toda España, y ha puesto en evidencia a aquellos a los que se les llena la boca de la palabra libertad cuando está demostrado que, allá donde sus homólogos han gobernado, sea la extinta RDA o la URSS, el liberticidio ha sido la tónica general, o más bien el purgante que han tenido que beber pueblos enteros. Bajo la puerta del centro cívico sevillano denegado también ha asomado su zarpa ese lobo disfrazado de gallina.
En multitud de periódicos, radios, tertulias, se ha puesto en evidencia el doble rasero de algunos, o muchos, izquierdistas cavernícolas. Con toda razón. Pero si alguna autoridad me da el haber sido, con Aquilino Duque, uno de los participantes en el prohibido acto, quisiera reflexionar aquí a título individual sobre la gran oportunidad que el descomunal error (cuando menos), y muy probablemente prevaricación (esto lo dirán los jueces), ofrece para todos. Y digo bien: para todos.
Naturalmente, uno sabía la orientación ideológica de las asociaciones convocantes, de las que no es miembro pero supone legales, y por tanto no merecedoras de discriminación en un acto administrativo como es la concesión de un local público. Con algunos asociados de una de ellas, Ademán, comparte el haber militado en organizaciones falangistas: en mi caso, FE de las JONS (Auténtica), al comienzo de la transición, hacia 1977 ó 1978. Sería penoso que ahora intentara un pliego de descargo, pero baste decir que aquella organización pudo serlo todo menos franquista. Desde entonces, uno ha tenido trato con personas maoístas, de derechas, socialistas, trotsquistas, ateas o creyentes (por no decir sin adscripción concreta, que suelen ser los más). Y ha leído, con curiosida natural, de todo. Conserva, eso sí, de aquella iniciación en la política la simpatía por José Antonio Primo de Rivera, un hombre honrado y valiente que quiso lo quizá imposible: una síntesis, creo que aún necesaria, entre la derecha y la izquierda.
Pero al acto de Foxá uno fue, como cuando le han invitado desde el gobierno socialista de Andalucía a leer poemas de Antonio Machado, a hablar de literatura, pues aunque hace treinta años que no tengo militancia política la literatura ocupa mis días e incluso mis noches. Además, preparo en la editorial que dirijo, y donde tiene cabida desde José Martí a Pessoa (prefiero no citar autores vivos para no incurrir siquiera en la posibilidad de incomodar a alguno) la reedición de un libro olvidado de Foxá: Misión en Bucarest y otras narraciones. La novela acabada que le da título es lo que menos me interesa de todo el volumen; tras ella hay un puñado de relatos deliciosos, como “Olor a cera” o “Viaje a los efímeros”. El primero de ellos, de tema taurino, se puede disfrutar, como es mi caso, sin ser aficionado a la fiesta. El segundo se goza aún más si durante un instante se olvida uno de los Viajes de Gulliver, de Jonathan Swift (que por cierto he traducido muy recientemente para otra editorial que no se avergüenza, al contrario, de publicar a Aquilino Duque).
Pero no querría hacer aquí publicidad encubierta (al margen de la impagable de la concejala). Lo que deseo decir es que sería necesario que los convocantes del acto censurado meditaran sobre lo sucedido. El haber enarbolado la bandera de la libertad, y haber ganado miles de adeptos en este caso que nos ocupa, les obliga, como antes nunca habían imaginado, a ser más tolerantes con ideas y autores contrarios (ojalá ninguno lo fuera). Y a entender que hay un imperativo moral en la victoria, y una generosidad que obliga. Todos tenemos una gran oportunidad por delante.
Yo creo que España y el mundo irán mejor cuando los que jalean a Foxá (seguramente de oídas o quizá sólo con la lectura de Madrid de corte a checa) promuevan, por ejemplo, también la lectura de un hombre cabal como Miguel Hernández. Pronto van a tener ocasión de hacerlo, si lo desean, en el centenario de su nacimiento. Y, por supuesto, cuando la concejala Medrano y los que piensan como ella acepten que hay autores ante los que, si no les gustan, tienen el derecho a no leerlos, pero no a estorbar su conocimiento o lectura por quien lo desee.
Así evitaríamos que algún botarate (y delincuente, por otra parte, pero eso está en manos de la Policía) le acusara a uno anónimamente, y al mismo tiempo, de ser fascista y haber “salido del armario” por haber biografiado a Cernuda o traducido a algún autor homosexual. Se ha quedado corto: debería haber añadido masón, imperialista británico, independentista irlandés, rosacruciano, dipsómano, pregonador del suicidio, perseguidor de jovencitas, en función de las tendencias de los escritores con los que uno ha tenido trato literario… Y pronto ciego, cuando salga una traducción que tengo pendiente de Milton.
(Por cierto, que ayer colgaba aquí la convocatoria de otro homenaje -no dice el tarjetón si literario, ¿pero es que hace falta decirlo?- al gran poeta griego Yannis Ritsos. No sé, no sé, ¿era también “fascista” el autor de Epitafio?
Comentarios
Un abrazo
Un abrazo.
Un abrazo.
En fin, Dios nos libre de los políticos mediocres-torquemada (del color que sean), de las religiones y del mercado cautivo del tabaco en los estancos.
Abrazos. Buen artículo.
Un abrazo.
Por otra parte, felicidades por el valor de tu confesión, por el valor de defender un autor que para muchos debería dejar de existir, y gracias, como persona interesada por toda la cultura, por ello.
P.D. En Francia, recientemente hubo un debate sobre si se debían reeditar las Obras Completas de Bernanos. Hubo sectores de izquierda que se llevaron las manos a la cabeza, considerando a Bernanos, tanto en novela como en ensayo, un autor sobrepasado y reaccionario (como si fuera malo ser reaccionario). En fin, en todos los sitios cuecen habas.
El lobo estepario
Con mi admiración por su valentía y por su buen hacer, reciba un cordial saludo.