Cuando eres joven,
subrayas, anotas y hasta ilustras
a lápiz tantos libros
sabiendo que todo puede ser distinto,
con miedo a dejar tu propia huella.
Luego, cuando transcurren los años, te pasas
al bolígrafo o al rotulador.
Sabes
que poco importa ya lo que suceda
a ese papel cuando tú no estés.
Y, qué diablos,
tampoco está de más ser imborrable
aunque seas,
si no caligrafía, garabato.
Si además eres ahora
el escritor que ansiaba ser el joven,
la tinta
añade valor a los volúmenes.
Más cobrarán tus herederos.
Comentarios
tampoco está de más ser imborrable"
No, no lo está, al menos en tus propios márgenes. Yo dejo mis libros como una auténtica exegeta poseída por la manía de las aclaraciones para nadie; y es cierto que de niña no quería "mancharlos".
No había atrapado esa curiosa y simbólica noción del tiempo que nos trae tu poema.
Abrazos.