Íbamos a Palacio, patios libres
que al juego convidaban más que al rezo.
Sus fuentes de frescor anochecido,
sus húmedos y umbríos corredores,
la dama de noche, el jazmín, la buganvilla,
eran casa de un Dios humano y viejo
acaso de la edad de nuestro tío.
Benévolo anfitrión de travesuras,
de macetas volcadas como el cáliz
de la infancia católica y agridulce
que ya se fundió como sagrada forma,
el tío Pedro, su portero, nos abría
la entrada a un recinto, a unos años
a los que ya nunca más volveremos.
(Publicado en Farewell to Poesy, Pre-Textos)
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Un fuerte abrazo