Me escribe una amiga norteamericana inquiriendo si he leído su comentario en Facebook en que me preguntaba por las vacaciones de Semana Santa. Ignora la amiga que, a diferencia de su país, donde el mismo proveedor de Internet cubre miles de kilómetros, de la costa Este al Pacífico, aquí, en esta Europa de mercaderes y de taifas de operadores de telefonía y datos, a poco que uno tenga activada la itinerancia del móvil se sale desplumado, así pise la raya de Portugal o, como en mi caso, se pasee por la Serenissima.
Veo en la edición del fin de semana del Financial Times (literalmente mirando por encima del hombro a mi vecino de asiento en el avión, mientras leo a Paul Morand) que en Estados Unidos Obama declara que ya se ha empezado a crear empleo. Aquí en Europa la cosa pinta peor.
En la puerta del aeroplano, un adhesivo indica que España ejerce la presidencia de turno de la Unión Europea. Para que sea creíble el proyecto de la tal Unión, Internet, a estas alturas de la película, debería ser transferible a cualquier país europeo sin trampas ni sobrecostes, como en Estados Unidos. Ahora ya de regreso en esta parcelita que es España, y haciendo uso del operador ladroncete que me toca, se lo explicaré a mi amiga norteamericana. Que me preguntará: ¿entonces para qué os sirve la Unión Europea? No sé qué responderle, la verdad.
Quizá haga un juego de palabras con taifas y tarifas, no sé.
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