
URBI ET ORBI
Cuenta Stanislaus Joyce en un artículo publicado en 1954 cómo “Día de la patria en la oficina del partido” (uso la traducción de Eduardo Chamorro) era el relato que su hermano prefería de entre todos los de Dublineses. Y que cuando el manuscrito fue rechazado por séptima u octava vez, y Stanislaus trató de animarlo para que no perdiera la esperanza de verlo impreso, Joyce le preguntó irónicamente: “¿De verdad crees que toda Europa espera oír la historia de unas elecciones municipales en un barrio de Dublín?” Ya publicado el libro, sigue contándonos Stanislaus, Joyce residía en Zurich, donde se ganaba la vida dando clases, y cierto día prestó un ejemplar de Dublineses a uno de sus alumnos, un señor mayor de Viena. Cuando éste se lo devolvió, Joyce le preguntó qué relato le había gustado más, y sin dudarlo el vienés contestó que “Día de la patria en la oficina del partido”. A Joyce le pareció increíble: “¿Qué diablos ha encontrado digno de admiración en esa historia?” El vienés sonrió y repuso: “Me divirtió porque es tan parecido a Viena…”
De alguna manera, ese es uno de los méritos de Ulises, que hablando de una ciudad concreta habla de todas, que tratando de unos personajes afronta la más corpórea realidad de los mitos y los arquetipos que se superponen a toda geografía. Eso hace que Ítaca sea una casa de Eccles Street, y que el modelo de Homero pueda seguir siendo válido dos mil setecientos años más tarde y en otra isla.
Patrick Kavanagh también nació en ese año mágico de 1904, y participó con Flann O’Brien, Anthony Cronin y otros en el primer Bloomsday celebrado en Irlanda en 1954, con motivo del cincuenta aniversario de la acción de la novela. Tres años antes había escrito un poema, “Épica”, que también bajo la sombra tutelar de Homero trasladada a suelo irlandés muestra el íntimo maridaje entre lo local y lo universal. En él nos habla de unos campos, de rencillas de agricultores, pero ahí está la lección de Joyce (y de Homero): un lugar es todos los lugares. Por ello el putsch de Munich no tiene más importancia que una acalorada discusión en el condado de Monaghan. Cito por mi propia traducción:
ÉPICA
He vivido en lugares importantes,
en tiempos en que el hombre ventilaba
asuntos trascendentes: de quién era
un pedregal, una tierra de nadie
de dos varas, reclamada con bieldas.
Oí a los Duffys gritar: “¡Te den por saco!,
y vi al viejo MacCabe, descamisado,
desafiando el metal pisar un prado:
“¡Eh, las lindes son estas piedras de hierro!”
Fue el año del lío de Munich. ¿Qué
fue más importante? A punto estuve
de perder mi fe en Ballyrush y Gortin,
pero al fin el espíritu de Homero
me vino a confesar entre susurros:
“De disputas de aldea hice la Ilíada.”
Los dioses crean su propia importancia.
Este poema, uno de los mejores de Kavanagh, ha sido comentado por dos poetas de la talla de Paul Muldoon y Seamus Heaney: el primero, en su extravagante libro To Ireland, I dedica toda una sección (“Such a Local Row”, las “disputas de aldea” del penúltimo verso) al asunto; el segundo hizo lo propio en su ensayo “A Sense of Place”. Otro Nobel y amigo de Heaney, Derek Walcott, mezcló las aguas del Egeo con las del Caribe en un poemario, Omeros, que recoge la misma lección universal.
Pero volvamos a Joyce. España siempre ha tenido una relación especial con él y, aun más, con todo lo irlandés, y eso se puede ver en varias regiones o ciudades, aunque al final intentaré llevar el agua a un determinado molino, con cuyas ruedas no sé si haré comulgar a alguien. Colm Tóibín, autor irlandés que pasó un año en Barcelona a finales de los años ochenta del pasado siglo, asistió a una eclosión del nacionalismo catalanista que no pudo sino recordarle a la de su patria. “Period of nation inventing” son palabras que emplea para referirse al contexto de muchas de estas similitudes: los catalanes fundaron un partido a principios de los años veinte llamado Nosaltres Sols, que como señala Tóibín es traducción directa de Sinn Féin (en realidad, apostillaría uno, más que estrictamente de Sinn Féin, el nombre del partido fundado en 1905, de la expresión Sinn féin amháin, empleada por Douglas Hyde y que le dio nombre); hubo poemas en catalán a la muerte en huelga de hambre de Terence MacSwiney en 1921; y antes, en 1848, el mismo año que Thomas Moore compuso la canción “De nuevo una Nación” se compuso en Cataluña un poema que inspiraría a multitud de nacionalistas.
Pero es más, en el ambiente político y cultural catalán entre 1890 y 1910 Tóibín vio importantes paralelismos con el irlandés. Por ejemplo, la fundación del Barça, y su papel en la creación de un sentimiento catalán, es pareja, como nos hace ver, a la de la GAA, la Gaelic Athletic Association (véase el capítulo XII de Ulises, donde se habla de la recuperación de los antiguos deportes gaélicos y donde se pone en solfa toda una ideología cimentada en mixtificaciones de raza). Es muy interesante además el apunte de que la “fetichización” de algunos lugares (el Montseny o el Canigó) tendría su correlato en la santificación en Irlanda de sitios como las islas Aran o las Blasket. Hay otras consideraciones igualmente sugestivas, pero destaca entre ellas la de que “hubo ecos, también, entre las carreras de Joyce y Picasso, quienes hallaron toda esta retórica e invención excesiva para ellos, quienes vieron Dublín y Barcelona respectivamente como centros de parálisis y se largaron tan pronto como pudieron”. Y por Joaquín Mallafré, traductor de Ulises al catalán en 1981, sabemos que Joseph Pla leyó repetidamente la obra en inglés, llegando a traducir fragmentos de los capítulos XV y XVII. Mallafré ha rastreado también la huella de Joyce en obras de, entre otros, Quim Monzó o Terenci Moix.
En Barcelona se celebró de mayo a octubre de 1995 la exposición “El Dublín de James Joyce”. Los organizadores, con Juan Insúa a la cabeza, vieron muy bien este carácter que trasciende de lo local a lo universal: “El mito nos dice que si alguna vez Dublín desapareciera, podría ser reconstruida a partir de los libros de James Joyce (1882-1941). Pero el aporte ‘topográfico’ de la obra joyceana no es lo más relevante. Desde la consumación literaria de la ciudad concreta, desde cada uno de los personajes de la ciudad amada y odiada, Joyce construye una poderosa comedia sobre la condición urbana, bendiciendo socarronamente este ancho y proceloso mundo, los confines de un espacio que es el nuestro y que inevitablemente concebimos bajo la forma de una ciudad”. La recreación que Joyce hace de Dublín no es por tanto sólo para dublineses, sino más bien, una creación urbi et orbi. Efectivamente, en el empedrado de una calle de Dublín están todas las ciudades del mundo, como “en un día del hombre están los días / del tiempo” y “entre el alba y la noche está la historia / universal” (Borges en su poema “James Joyce”).
(Continuará)
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