DESDE LA ALTANA
Naturalmente, la ciudad es tan cautivadora como lo fue hace mil días; pero si del contacto de su piedra con la tuya no surgen chispas, ha de ser porque la de ella, de Istria, choca con algo que ya no es sólido y sí esponjoso, flácido, legamoso, como las aguas aquí omnipresentes.
Me encuentro envejecido, desconchado, una más de las fachadas que se suceden por estos canales y calles, rami y fondamente. Me preocupa no estar en consonancia con la ciudad, ser protagonista de una relación monstruosa, la de un hombre añoso que busca el contacto con una jovencita (aunque esta ciudad hermosísima no lo sea en absoluto). Como un varón que acaba de estrenar su impotencia ante una deliciosa muchacha que se ha desvestido para él.
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Llevo varios días viviendo en esta buhardilla del Campo San Stefano. Fuera, todo es seductor: las iglesias, los campi, los clausurados pozos. La luz rosada de la tarde prende en las mejillas de Venecia, pero nada más cerrar tras de mí la puerta del 2960 del sestiere de San Marco, la empinada escalera sin iluminación natural me dice que ya todo es más trabajoso y oscuro, y hasta me falta el aliento para llegar a esta mansarda y apurar en soledad unas copas de vino que no he sabido compartir abajo con ninguna chica venida de Lyon o Múnich a admirar las mismas piedras que yo, pero con arrobo joven, no desmantelado.
En las vigas de madera, la carcoma. ¿Para qué buscarme en el espejo del cuarto de baño?
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Me ha vuelto a suceder lo de siempre: había acopiado no pocas lecturas sobre mi destino y, luego, a la hora de la verdad, en lo que me he sumergido ha sido en un libro bien distinto. Aquí, sobre la mesilla de noche, Venecias, de Paul Morand; pero sobre ese volumen, Dublinesca, de Enrique Vila-Matas. Dentro de tres semanas, la madrugadora alba de Dublín me sorprenderá en una habitación del Hotel Shelbourne frente a otro espacio abierto, el de Stephen’s Green. Seguramente, allí, cuando arregle las sábanas, la camarera verá que en la mesilla, señalizado con un marcapáginas, duerme un paperback en cuya cubierta luce la Piazzetta de San Marcos con la torre del reloj y el Palacio de los Dogos, que ella no habrá visitado nunca pero que conocerá de estampas.
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Estoy aquí, a cien metros del Canal Grande, como lo llaman los venecianos, y ya estoy pensando en el Grand Canal de Dublín, al sur del Liffey. En la estatua de Patrick Kavanagh en vez de ésta de un tal Tommaseo.
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Comprendo y no comprendo a Thomas Mann. Sí la sensación de finitud, no el objeto del amor.
En las Gallerie de l’Accademia, una muchacha, bellísima, sola, demorándose ante los cuadros que la reflejan cuando éstos retratan a una madona y consiguen la misma blancura de sus pechos en un escote que oculta/muestra la corta gabardina o trinchera que pone ante mí y mi deseo. Bajo ésta, unos pantalones también breves muestran sus pantorrillas, musculadas, de ciclista, de pedalear quizá junto a los canales de Ámsterdam, o de Gante, o de Brujas.
La conozco: es la misma desconocida que encontré en el Rijksmuseum, o en la National Gallery, o en el Louvre. Siguiendo diferentes itinerarios, la veo alejarse y volver, como las mareas; nos cruzamos en una sala y luego nos reencontramos en otra ante una de esas pinturas del XVI de las que ha salido, dejando el oro allí y llevándose la carne.
Comentarios
http://lacolumnatoscana.blogspot.com/2009/03/venecia-sin-mi.html
Muy buena la cita del Dr. Johnson.
Un abrazo.