
LA CIUDAD FANTASMA
Nunca estuvo Dublín tan solitaria.
El Liffey y los canales, Sandymount,
se ven sin un alma, y no es el viento,
no la lluvia derramada por el Green,
ni el último autobús que ya partió
camino de colinas empapadas
igual que las mejillas al escuchar inermes
derramarse ciertas canciones.
La capital de Irlanda está desierta
como una naturaleza muerta en la National Gallery.
Toda la poesía del país
se hace sinécdoque esta noche:
Dublín está vacía porque un cuarto
de hotel no lo ocupamos nosotros
que deberíamos estar hoy juntos en él
dejando caer el cobertor,
mojando los zapatos la moqueta,
ese hueco calzado que nos llevó tras los pasos
de una pareja que no somos tú y yo,
y ni siquiera está en Dublín esta noche de lluvia
y, lo que es más, ni siquiera es pareja.
Dublín tiene dos habitantes tan sólo,
y no están, no estamos allí.
Digo Dublín, pero es Glasnevin,
cerradas las cancelas de la noche.
Comentarios
Un abrazo.
Es curiosa la capacidad invocadora de la poesía. Convoca ciudades imposibles para amantes que nunca fueron.
En el fondo, hacer poesía es descerrajar un poco "las cerradas cancelas de la noche".
No hay por qué excusarse, pero la forma de mis últimos poemas requiere cierta explicación: siempre defensor de la prosodia, desde hace algunos meses me concedo ciertas libertades para rehuir lo "bonito" y académico.