
La bruma incide en mi cerebro, y el primer frescor otoñal tiembla en esta página. Si de verdad es un ordenador portátil en el que escribo, no estoy aquí, sino a orillas del Támesis, entrando y saliendo de las salas de la Tate Gallery e impregnando las yemas de los dedos de polvo victoriano, como el de aquel volumen de Sir Alfred Tennyson que me robó la voluntad en una librería de viejo en Edimburgo y cuyos versos puse en español en La Dama de Shalott y otros poemas. Dejo los correajes de "La carga de la Brigada Ligera", atrás dejo el bramar de los cañones, y me dejo arrastrar por las evocaciones imposiblemente artúricas:
LANZAROTE Y LA REINA GINEBRA
UN FRAGMENTO
Como almas que equilibran dicha y pena
con llanto y con sonrisas, desde el cielo
una vez más la virgen Primavera
al llano vino envuelta en sol y lluvia.
En vapor de cristal por todas partes,
reían en el cielo islas azules,
y a lo lejos, en lo hondo del bosque,
el olmo más crecido hurtaba el verde
a la apacible brisa.
Su canto alzaba a veces el pardillo,
a veces el zorzal piulaba fuerte,
a veces revolaba el gavilán,
callaba la arboleda, temerosa;
junto a motas herbosas, más sonoro,
amarilleaba el río serpeante,
y caídos renuevos de castaño
en perfecto abanico se extendían
sobre el repleto suelo.
Entonces, en la mocedad del año,
Sir Lanzarote y la reina Ginebra
entre sotos de ciervos cabalgaron
cantando con feliz y claro tiple.
Ella era cual la misma Primavera,
lucía un manto verde como el césped,
fíbulas de oro atadas sobre el pecho;
un penacho llevaba -glaucas plumas-
con su anilla de oro.
Ora sobre la yedra enmarañada,
ora por tintineantes regatos,
sobre musgo entreverado de violetas
iba su mulo blanco cual la nata;
y más pronto pasó al trote los campos
que aquélla cuyo élfico corcel
brinca de noche a ritmo misterioso
cuando el pálido páramo resuena
con repicantes bridas.
Por sol y sombra huía velozmente
y jugaban sobre ella faustos vientos
soplándole en los bucles de la trenza;
tan bella estaba así, cuando mecía
la rienda con las puntas de sus dedos
que un hombre daría toda su dicha
y sus bienes terrenales por esto:
consumir el corazón en un beso
en sus perfectos labios.
Comentarios
Por cierto, ya se lo dije una vez, qué fortuna encontrar sus traducciones de Tennyson.Y "La carga de la brigada ligera" me parece superior.
Saludos.
Gracias por el elogio, que transformo en acicate para seguir trabajando. Un muy cordial saludo.
Por cierto que tengo la antología de Tennyson firmada y dedicada, jeje,1a ediciòn!
Ya lo tengo un poco desgastado;)
Abrazos.