
De Aberystwyth sale, como de tantas partes del País de Gales, un trenecito de vía estrecha que cruza la campiña y remonta ásperos cerros. Reluce su locomotora -negra, roja, oro- arrastrando un pintoresco convoy hasta el Puente del Diablo, un precipicio que se embosca en la fronda densa donde pronto anochece entre escarpas y faldas escabrosas, el relieve y las brañas de un cuento de Machen. Un tren así lo quise siempre de niño, y es ahora, adulto, cuando lo encuentro, lejos. En ribazos que son linde de Aberystwyth, este atardecer cumplido fue un sueño de mi infancia.
(De Las ciudades del hombre, Llibros del Pexe, 1999)
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