
PÁJAROS DE CUENTA
En 1939, un joven escritor irlandés que firmaría parte de su extensa producción con el nombre de Flann O’Brien (nombre por el que hoy se le conoce —todavía poco— en el mundo) publicó su primera novela. La primera y la mejor de las suyas, al entender de los críticos. At Swim-Two-Birds, que así se llama esta extravagante y divertida obra, pronto recibió el aplauso de unos escasos pero destacados lectores, entre los que estaba, según testimonio de Niall Sheridan, un James Joyce medio ciego que hacía cinco años que no leía una novela. Otro genio que también vendría a dar en la ceguera —sin que de esto haya que culpar a O’Brien ni a mal de ojo alguno, como podría esperarse de una encantadora obra celta— alabaría At Swim-Two-Birds desde las páginas de la revista bonaerense El hogar. Hablo naturalmente de Jorge Luis Borges, quien se refería a ella como un complejo laberinto verbal.
Al cumplirse cincuenta años de su publicación, At Swim-Two-Birds apareció en español con el título —algo discutible por razones filológicas que tal vez no vengan al caso— de En Nadar-Dos-Pájaros. Es difícil resumir esta novela hecha de retazos de muy diversa procedencia y que guarda dentro de sí otras novelas a su vez. Simplificando mucho se puede decir que un estudiante de Dublín gusta de dedicarse a la literatura en sus ratos libres, inventando así a un ridículo personaje, Dermott Trellis, que decide escribir una novela moralizante. Para ello, Trellis se encierra con sus personajes en el Hotel del Cisne Rojo, donde aborda la creación de su novela. Pero los personajes no están dispuestos a ser simples marionetas y, queriendo vivir su propia vida, se rebelan contra él.
En Nadar-Dos-Pájaros guarda más de un interesante paralelismo con la Niebla de Unamuno. También tiene concomitancias con la obra de Joyce, pero no sólo con la de éste, sino también con la de otros nativos de Irlanda como Swift o Sterne. Sterne, Swift, Joyce, dejaron en distintos momentos de su vida la isla. O’Brien permaneció en ella, y empapado de su atmósfera, húmeda no sólo de lluvia, murió alcoholizado en Dublín después de haber dejado las páginas más intrínseca e irreductiblemente irlandesas de este siglo. Sólo Máirtín Ó Cadhain y el mismo Joyce podrían disputarle ese, ay, agridulce honor.
Como el resto de las obras de O’Brien, especialmente La boca pobre, el original de En Nadar-Dos-Pájaros está lleno de juego de palabras y alusiones y, sobre todo, posee un tono difícilmente imitable en otra lengua. Su estilo invita a relamerse. A releer. Lógicamente, en español no puede ser lo mismo, pero no hubieran estado de más algunas notas a pie de página.
La traducción de José Manuel Álvarez Flórez puede decirse que merece, académicamente hablando, la calificación de notable. Sólo hay algo que le impide llegar a sobresaliente, y esto es algo que comprenderá sin duda todo buen aficionado a cierta cerveza negra dublinesa. Se nota que a la traducción le ha faltado el necesario reposo entre lo que sería una primera versión y lo que se ofrece al bebedor, digo al lector. De sabor excelente es, sobre todo —la crema de la crema, la espuma de la espuma—, la parte en que se cuentan las aventuras del legendario Sweeney. No en vano, un irlandés conocedor del tema Eamonn Butterfield, ha asesorado al traductor. El gozo está asegurado.
Comentarios
Gracias.
En la solapa de la edición de Edhasa se puede encontrar esta recomendación de Dylan (Thomas, no el otro).
"Justo el libro que uno puede regalar a una hermana, si ella es una chica borracha, sucia y mal hablada".
Un abrazo, Álvaro Valverde
Gracias.
Clea