
No escarmienta uno. Resulta que en algún momento de esta pasada Navidad, y para quitar de en medio los muchos boletines de suscripción de revistas que recibe, no se le ocurrió cosa mejor que renovar sus extintas suscripciones a la London Review of Books y al Times Literary Supplement. Gravísimo error, en principio. ¿Es que no recordaba ya la tensión, la zozobra, que respectivamente cada quincena y cada semana le ocasionaban las susodichas revistas, cuya lectura rara vez podía despachar antes de que llegara el siguiente número?
Quizá se haya extraviado la papeleta del TLS, porque aún no ha abordado esta publicación su buzón y su tensión arterial se mantiene razonablemente estable, pero la otra revista ya ha comenzado a hacer de las suyas: inaugurando el nuevo período de suscripción (eso sí, a un precio de risa), empieza a bombardearlo con artículos que ni le van ni le vienen (eso que gana, al no sentir la imperiosa necesidad de leerlos). De los artículos o reseñas que se anuncian en la portada, hay las clásicas parrafadas izquierdistas (un grado menos insoportable que las de la New York Review of Books), un artículo sobre el Congo que en sus miles de palabras no menciona ni por casualidad a Roger Casement o a Vargas Llosa, una recensión de las memorias inanes de doña Condoleezza Rice, y una consuetudinaria nadería del paquistaní Tariq Ali. Afortunadamente, de literatura, lo que se dice literatura, sólo una pieza, una quinta parte de los titulares. Y, para compensar, ay, muy de mi interés, sobre Sir Alfred Tennyson (con varias apariciones estelares de Auden).
Mi médico de cabecera (de familia, lo llaman ahora, que apenas existe ésta) les debe de haber escrito a los chicos de la LRB para que rebajen el nivel de presión que su periódico ejerce sobre mí.
Todo sea por la salud. Y eso que salgo ganando. (Aunque aún temo el arribo del TLS, que ése sí suele, como promete, ocuparse de lo literario).
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Un abrazo.