Cortada ya la luz, filtrándose el sol por la cortina, la otra mañana volví a la que fue la casa familiar. El asunto que me llevó es lo que se dice "darle una vuelta": comprobar que todo estaba en orden, recoger la posible correspondencia... No bien había dado dos pasos en su interior me sacudió el gong del salón, como alegre de recibirme de nuevo, aunque sé que con la pasividad y flema de un guardia en su garita, sin mover un músculo del rostro, del rastro de los años idos. De ese estupor ante el sonido, cuando ya no vive allí nadie que lo escuche, son estos versos:
EL CARILLÓN
En la casa cerrada y su silencio,
la pila nada entiende. Mientras dure,
dará cuartos y medias: la observancia
de un rito ya sin dueño, fiel y ciego,
que concede sus horas como dátiles
la palma que levanta un espejismo.
Con su intacto tictac, autista terco,
sigue el reloj sonando en vuestra ausencia.
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