
Para Martín López-Vega
En Cracovia, el poeta
Adam Zagajewski
reside en una casa que ocuparon
-palabra terrible, si se piensa
lo que en esos años significaba ocupación-
unos policías alemanes
portadores de insignias y chaquetas de cuero
que tantos envidiamos en los años
en que por edad podríamos
haber militado en la Hitlerjugend.
Son vecinas dos ancianas
a las que aún estremece cualquier ruido,
pues recuerdan
los horrores cacofónicos del gueto.
Al gato que tenían le dio
por escapar a su antigua morada,
en libertad que ellas no gozaron.
No sé si, cuando duerme, al poeta
le asaltan sueños ajenos de una Gran Alemania
y –porque la humanidad es miserable–
las insidias de viejos polizontes,
o bien las pesadillas tras el muro
de dos niñas judías aterradas,
junto a su gato,
que fueron conducidas hasta el gueto.
Comentarios
Un abrazo
Martín
Todo conduce a abrirse a reaccionar ante la negación ejercida sobre cualquier ser humano, es decir, salir del egoismo y sentir al otro.
Dentro del daño general del mundo, hay unas historias que nos apelan más que otras, tal vez las que nos reflejan a nosotros mismos, como esta del pasado reciente de Europa.
Pienso también en las que nadie dice nada y ni siquiera se mencionan o recuerdan,
pero posiblemente la conciencia del dolor de las que como hoy hablamos y nos parecen vecinas o propias nos conduzcan a la necesidad de atender y borrar el dolor de las otras.
Poco a poco, sin tregua, sin desmayo.
Nunca he planteado el sufrimiento del pasado (el personal, el colectivo) como rencor -como sin embargo en nuestros flecos guerracivilistas se espolea y vemos- sino como superación de lo roto y herido. Claro, es mucho menos cómodo aceptar ver toda la verdad y apelar al perdón que justificarnos caínitamente con el error del otro.
Hay mucho daño del que la buena literatura -como esta- intenta superarlo.
Por eso he leído este poema con tanto gusto. Porque tras él queda la conciencia de asentar y asentarnos en lo bueno, una actitud potente frente al miedo y el vacío.