I
A media mañana, interrumpiendo la jornada laboral para estirar las piernas y desentumecerme; después de dejar el diario deportivo, sin abrirlo, en el contenedor de papel, y el plástico que lo emparejaba con el periódico en la papelera, compro la fruta y, a continuación, el pan de centeno en la abacería antigua. Regreso por la avenida, vencida la tentación de meterme en el pub a poner al hígado a practicar inglés. A la altura de una cafetería, un jubilado, alto, bien vestido, con chaqueta de lino color tabaco, se acerca a un platillo de una mesa vacía al que condecoran tres o cuatro monedas de una propina reciente y huérfana, lo más seguro de padres extranjeros. Se coloca junto al brillo, y ya extiende la mano cuando el vendedor de cupones, que habrá de conocerlo de otras rapiñas, le sisea y, deja eso ahí, vamos, vamos, impide al sisador el expolio. Ni corto ni perezoso, con dignidad fingida, el ratero ingresa en el café, seguramente para hacerse servir por el camarero al que ha querido hurtar hoy con el dinero que ayer le sustrajo.
II
Al atardecer, yendo a echar la basura, veo, y sobre todo oigo, que la pequeña plaza que se abre ante Hacienda está cuajada de pájaros. Los vencejos revolotean y hacen su declaración de la renta rasgando el cielo, cantando, de una casilla del aire a otra, desgranando sus cálculos y sus deducciones. Mayo, pese al pesado edificio de los gravámenes, no lo señala la campaña del IRPF: son los vencejos los que marcan el calendario, y el horario, con sus picos sonoros como ahora en que declina el día.
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Un abrazo.