
Desaparecido Carlos Monsiváis, Guillermo Sheridan ha venido a ocupar el indiscutible puesto de cronista de México, de sus gentes, de sus vicios, de sus tics. Ya hacía años que aguzaba su inteligencia al tratar de todo ello, peo este recién publicado Viaje al centro de mi tierra lo demuestra holgadamente.
En páginas rescatadas de su colaboración habitual en la revista Letras Libres, o del blog que mantiene en la edición digital de la misma, más otras procedentes de su columna semanal del periódico El Universal, Sheridan plantea, con el humor de Jonathan Swift, los estupores ante un país tan lleno de contradicciones y desequilibrios como es el suyo. Causa risa, por ejemplo, teñida de rabia por la injusticia que denuncia, la primera sección del libro, "Viaje al país de los legisladores". Pero todo el volumen es un prodigio de inteligencia, a cuya exhibición contribuye el gran oído de Sheridan para reproducir acentos y registros orales, desde el de los ricachones con sus drinks al de los semianalfabetos estudiantes que tienen el dudoso honor de haber conseguido para México el último puesto en el informe PISA.
Escribe para las citadas cabeceras mexicanas Sheridan, pero estos días, traduciendo a Flann O'Brien (bajo otro de sus seudónimos, Myles na gCopaleen), me parece que salvando las distancias podría estar haciéndolo para el Irish Times, tanto recuerda su disección de la idiosincrasia mexicana a la que hizo de la irlandesa aquel escritor admirado por un compatriota de Sheridan: Sergio Pitol.
No ahorra críticas. De este oído al que me refería da testimonio una sentencia como ésta: "Nuestras experiencias estéticas se reducen a la música, pero sólo conocemos un instrumento, el claxon, y dos melodías, "Quítate" y "Chinga tu madre".
Comentarios
Saludos, Antonio
El amigo de Valender,
Guillermo Sheridan