
Dos veces me divorcié de ella, y una me abandonó. Comencé estudios de Derecho, pero nos separamos de mutuo acuerdo; luego, llegué a cuarto de Filología Inglesa, pero como el gaélico no estaba en el plan de estudios ni nadie sabía darme razón de dónde se hallaba la poesía, repartimos nuestros enseres y ella, la Universidad, se quedó con la antigua Fábrica de Tabacos y sus bibliotecas, y yo con permiso a visitarlas como extraño, así como con tiempo y libertad para frecuentar a las musas, propias o como traductor literario.
Como Juan Ramón Jiménez, como Rimbaud, como Shakespeare -perdonadme-, nunca me licencié. A diferencia del hijo de zapatero Marlowe, que estudió en Cambridge, el hijo de mercader de guantes Shakespeare no tuvo nunca institución a la que llamar alma mater. Y, por lo que se ve, hoy (al menos en España), huérfano de ella no le dejarían dar clases de estudios sobre Shakespeare o sobre dramaturgia isabelina. Este país tan desordenado y ordenancista no permite, me dicen algunos profesores, que en los másteres, esa prolongación ya casi necesaria de los estudios de grado, enseñen personas ajenas a la Universidad, donde tengo tan buenos amigos. Lo cual es tan aleccionador sobre la miopía de ésta (o de quienes la dotan de normas) como sencillamente ridículo: un poeta, un novelista, un dramaturgo (Shakespeare que atravesara el umbral mismamente) no puede ahora transmitir su conocimiento, su experiencia, su oficio. Si tan exigible es que un curso de cardiología lo imparta un cardiólogo, ¿ya es menos que un creador se dirija a personas interesadas en la creación? Un Máster no es un taller, lo sé. Y, si literario, debe conjugar mester y ciencia. Por eso, si uno mira los programas de universidades británicas y norteamericanas, ve a escritores no necesariamente académicos compartiendo su bagaje en los másteres de literatura creativa.
Pero aquí no y, así, este curso pasado me he visto dispensado de dar clases de poesía en el Máster (ahora oficial, es decir, inane) de Escritura Creativa de la Universidad de Sevilla. No ha sido por un ajuste de cuentas, ni por una añagaza o traición de quienes fueran mis compañeros o directores, sino por pura y llana tontería, lo que es bastante más deprimente. Me da pena, porque varios alumnos me hicieron ver su satisfacción con mis clases y me hizo feliz pensar que mi difunto padre, que fue catedrático de la hispalense, vería con benevolencia y orgullo teñido de estupefacción el que su hijo pudiera enseñar en la institución que abandonó dos veces. Pero no hay peligro de que se le altere, allá donde esté, el pulso que tan delicado tuvo sus últimos años de vida: sólo podrán enseñar poesía los que tengan un conocimiento teórico de ella.
Aunque, bien mirado, y con honrosas excepciones, quizá el hecho tenga correspondencia en la pasmosa ausencia de profesores universitarios de cualquier acto relacionado con la literatura (la viva, no objeto de disección, quiero decir).
Y no pasa nada. Si hubiera querido dedicarme a la enseñanza al uso hubiera terminado la carrera, cosa muy recomendable por lo demás. Pero la poesía es otra cosa, ¿o no?
(La imagen que ilustra esta entrada es la cubierta de mi traducción de la Poesía completa de Shakespeare, que con sus varios miles de endecasílabos blancos y extensa introducción, notas y bibliografía, ha sido publicada por la Biblioteca de Literatura Universal dirigida por Luis Alberto de Cuenca)
Comentarios
Abrazos.
Abrazos.
Y hasta cierto punto sí comprendo que deseen que un filólogo dé clases...
Siento disentir, yo no soy profesora de nada ni poeta... pero esa ecuación de universidad con esterilidad y de filología con falta de arte y de poesía que me ha parecido entrever en algunos comentarios no es lo que yo he vivido.
Un saludo a todos.