
No se deberían leer, ni escribir, haikus de corrido. Cada uno ha de ser la plasmación de un momento único, la fijación de un instante. Y sin embargo, como disfrutamos con las series de haikus (o jaikús, como prefiere escribir Herme G. Donis), esas antologías del tiempo en sus iluminaciones. Acabo de leer una recopilación de la autora asturiana, y he disfrutado con ellos, los haikus, y con la excelente traducción al italiano de Emilio Coco, con quien desde hace ya mucho tiempo los españoles estamos en deuda.
Donis (y Coco) se ciñen al modelo tradicional métrico en esta hermosa edición bilingüe. He apuntado en mi cuaderno varios ejemplos de belleza y sugerencia, como éstos:
Cuenco de agua.
Las manos adormecen
brillos de luna.
Sobre las hojas,
rocío derramado:
polvo de estrellas.
Vaivén de hojas:
borrachera de lluvia
tras la tormenta.
Bullir de hojas:
amarillos doseles
cubriendo hormigas.
Hacía días que tenía el libro sobre la mesilla de noche, entre ese pequeño Manhattan de letra impresa que se alza junto al mar de la cama. Y si lo leí anoche fue porque la luna en el jardín invitaba a ello. Se puede decir que estaba in the mood. O in the moon. También yo robé a la noche otro haiku.
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