Abrigado y caminando, alcanza el viajero la calle Anchorena. No está lejos de su hotel junto la Recoleta. Poco más allá de la esquina con Puyrredón se halla el número 1660, que alberga la Fundación Internacional Jorge Luis Borges y un pequeño museo dedicado a su memoria. Un amigo común había escrito a María Kodama (a quien él ya conocía, por otra parte) anunciándole su visita, pero la viuda no está ahora en Buenos Aires. Abona, pues, el simbólico precio de la entrada y se deja seducir por la voz y el encanto de las dos muy jóvenes estudiantes o quizá ya licenciadas, egresadas, que se ocupan de la atención al visitante. No son muchas las vitrinas, y en ellas hay condecoraciones, libros, cartas, bastones, imágenes del aleph, la reproducción de algún dibujo infantil del niño Georgie.
La Fundación ocupa el inmueble colindante a aquél en el que vivió el autor de Inquisiciones entre 1938 y 1943. El viajero compra algunos libros y un buen número de postales en las que aparece el escritor con un gato. Y se emociona. Procura que a las chicas (no sería injusto llamarlas sirenas) que se han turnado en la guía por el breve museo les pasen inadvertidas esas lágrimas que vidrian ya su mirada, como el cristal de una vitrina más, ésta empañada. Le explican que se celebran conciertos y conferencias en el pequeño salón de actos. Le cuentan cuanto saben, pero no tienen inconveniente reconocer lo que se les escapa y sobre lo que él tiene también la delicadeza de no ilustrarlas). En el tiempo que está allí no se ve a nadie más, con excepción de unos operarios que realizaban tareas de mantenimiento y que salían al ingresar él. De la casa de Anchorena se sale, y aún es media mañana tan sólo, con la sensación de que ya todo huelga, de que la suma de horas hasta que acabe el día es un cúmulo ocioso, innecesario.
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