LOS CISNES SALVAJES
Esa chica de espaldas,
su melena que confundiría al ebanista
con sus vetas contra los paneles del fondo
peinados como ella, sus fustes
de columnas corintias.
No veo su rostro, pero podría
imaginarlo a partir de las páginas
que bajan la pantalla de su portátil.
Debe de haber abierto la boca:
se despereza.
Las nueve y cuarto en un reloj
que aletea,
no como la otra circunferencia
que preside la sala, lentísima.
Sus manos y muñecas son cisnes
como los que, abajo, en la cripta
vuelan en un libro de Yeats.
La piel tan blanca, las plumas,
surcan el aire un instante
y de nuevo desaparecen,
como en un lago que no veo,
en el teclado.
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