LOS RAYOS X
I
Antes de que revistas de la tele
los trajeran en gafas anunciadas
para el rijoso o la cotilla
junto a la fotonovela,
aquellos aparatos fríos, con sus planchas,
en su consulta.
Era nuestro pediatra, al que llegábamos
después de pasar por las piezas
de una arquitectura de madera
o de un hidroavión de verde plástico.
En otra habitación,
su bata blanca
del color –otro anuncio– de sus dientes.
Y ahora un día,
décadas después, lejos de España,
el hidroavión me trae la noticia,
se cae el edificio de madera.
Anciano, nuestro pediatra se quemó
en el incendio de su residencia geriátrica:
insospechada mancia, su cuerpo hecho cenizas
que no vi al otro lado de los rayos X
–poderes de superhéroe de la Marvel–
cuando creía, aún, que el mundo era otra cosa
en mi bola de cristal, en mis canicas.
II
Mi pelo va adquiriendo aquel color
de su sonrisa
hoy que lo entreveo carbonizado,
todo negro de humo, como opaco
cuanto ven los rayos X
–ese sinónimo de magia–,
donde ésta era una incógnita
que el tiempo ha ido despejando.
Retrospectivamente me rebelo
y añado este reproche a su elegía.
Tantas radiografías, ¿para qué?
En alguien que mostró clarividencia
queda su negligencia médica
empañándolo todo:
con tantas cucharadas e inyecciones,
nunca nos vacunó contra la vida.
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