
POLVO DE TEOTIHUACAN
Para Moramay Kuri, que me acompañó
Rojo como el tezontle,
poroso al sol como esta piedra volcánica,
vas de una pirámide a otra
subiendo escalones, descendiendo
por pendientes agudas, pronunciadas
en una lengua nunca inteligible.
¿Quién levantó estas piedras,
qué profundos
túneles conducen a su inframundo esquivo,
tanto más extraño cuanto hondo,
no en la tierra: en el inconsciente y el eco
de poblaciones oscuras?
¿Quién pespunteó esta argamasa
con la piedra pómez que eruptaron
mitos como conos truncados,
como estas truncadas construcciones
a cuyo pie los frescos
en donde resuena el jaguar?
El ala del sombrero te protege
lo mismo de insolarte que del vértigo,
los ojos clavas como estacas que agarras
en los pies y en el estrechísimo suelo.
Casi reptando vas igual que la serpiente
por no ser esa águila que hizo
pitanza de ella sobre el cactus
y volar un instante para ser luego plomada,
último sacrificio sin creencia.
Como en el amor, jadeas
camino de la cúspide sin cráter,
las piernas apenas si resisten
y el sudor te bautiza nuevamente
en otro sacramento inmolatorio.
De pronto un vendaval remueve el polvo,
el súbito plumaje de la sierpe.
Nube veloz o remolino,
o presencia de un dios importunado.

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