
Se vuelve de Edimburgo como se regresa de un sueño, al que contribuyen, sinestésicamente, la humedad, el frío, la lejanía de una gaita. Aunque la Princes Street esté hecha unos zorros con las obras inacabables del tranvía, y a pesar de la mucha y fastidiosa lluvia (que a decir, verdad, no nos importa), la ciudad está hermosísima y se goza como pocas. No podría aquí dar cuenta de todas las experiencias, aunque trataré de hacerlo, bien que fragmentariamente, en los próximos días. Pero dejo, sí, una imagen del Castillo cuando me dirigía a una de las principales librerías, ya cerca de Charlotte Square:
CAÑONAZOS DESDE EL CASTILLO
Y de súbito, el estampido
desde la mole parda
como el tartán de los más viejos clanes.
Las nubes que descargando su pólvora
asedian el oído.
El humo que se funde
con esta bruma
de un anochecer a las tres de la tarde.
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