
Anónimo, la reciente película que defiende la tesis de que William Shakespeare, el hijo del mercader de guantes, no fue el autor de las obras que bajo su nombre conocemos, es una brillante puesta en escena, muy bien dirigida e interpretada, de una impostura. No quiero decir con ello que sea del todo despreciable la teoría de que Edward de Vere estuviera detrás de lo que hoy es objeto de admiración universal (yo, como la mayoría de los que hemos estudiado a Shakespeare, no la comparto), pero sí que hay en el largometraje trampas que obedecen a lo libérrimo que a lo atestiguado por los libros. Por ejemplo, no casa la acción con la publicación de Venus y Adonis en 1593. Pero como la belleza de la poesía es independiente de las elucubraciones, espoleado por la visión de la película, dejo aquí algunas estrofas de este largo poema de ambiente mitológico, según mi propia versión recogida en la Poesía completa de Shakespeare (Biblioteca de Literatura Universal):
Hacia un soto de mirto se encamina,
pasmada de que avance la mañana
y no tenga noticias de su amor.
Oír quiere sus canes y su cuerno:
de pronto oye su fuerte algarabía
y a toda prisa acude hasta los gritos.
Al correr, los arbustos del camino
la agarran por el cuello, le dan besos,
o le ciñen los muslos por pararla;
loca se suelta de su firme abrazo,
tal la gama que con hinchadas ubres
corre a dar de mamar a su cervato.
En eso oye que gañen los sabuesos,
y se asusta como quien ve a una víbora
fatalmente enroscada en su camino
y el miedo hace que tiemble y que tirite:
el pavoroso aullido de lebreles
le turba los sentidos y el espíritu.
Pues bien sabe que no es caza menor,
sino oso, jabalí o león altivo,
ya que el clamor se queda en un paraje
donde los perros gritan asustados;
hallando que es tan fiero su enemigo,
cortésmente se ceden cuál lo ataque.
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Uno de la Judería