Bajaba de la última planta
tras hojear libros de versos
y dejar su tristeza entre las páginas
como un separador imperceptible
entre dos elegías.
Saliendo de la escalera mecánica,
oyó a un actor exagerado
invocar el nombre santo de Andersen;
y se dejó arrobar en el regazo
de su olvidada infancia.
Cámaras de seguridad siguieron
su evolución inversa
hasta el fondo de la planta.
Y se perdió en un ángulo
de la memoria.
Los ojos ciegos sólo ven
un adulto encorvado entre los niños;
pero él es uno más,
y ahora habita un tiempo
del que éste está ausente.
Se ha perdido, y no entiende por qué
nadie lo anuncia por megafonía.
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