
El tiempo interior, de lecturas y vastas peripecias íntimas, se acuerda ahora con el externo, como dos automóviles que por la Corniche se encuentran en direcciones contrarias y cuyos espejos se hacen una breve, fugaz carantoña. Estoy leyendo Mi medio siglo se confiesa a medias, de César González-Ruano, y justo cuando el escritor madrileño viaja a Marsella se filtra como polizón por la radio la noticia de que no sé qué políticos se reunirán este viernes en la ciudad mediterránea, a tiempo para que los jugadores de bolsa y prestamistas se desayunen al día siguiente con la crónica mientras degustan un bágel junto a su ejemplar de The Wall Street Journal.
No he estado nunca en Marsella, más allá del dilatado viario que la rodea, camino de Saint Tropez y Niza. La que pinta Ruano es exactamente como la imaginaba, como la grosería de visitarla (visitar cualquier sitio) no ha desmentido.
"Marsella: tifus desafiado con gusto ante los mariscos seductores", escribe el memorialista.
Cuando vengan el viernes los índices de los bonos y los vanos intentos de aplacar a la usura, yo seguiré leyendo a Ruano, cada vez más escéptico, más desengañado, más viejo.
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