
Fotografía de José Manuel Ramírez perteneciente a su exposición China, cara a cara
Volví a ver a José Manuel Ramírez hace unas semanas cuando coincidimos en la presentación de la novela Capital Sur de Eduardo del Campo. Fue en La Carbonería, cruzamos unos saludos y luego ya, entre el mucho público, no volvimos a vernos.
Ahora leo que José Manuel, a quien alguna vez mandé un correo electrónico a la China, y desde la cual me respondió también en este nuevo papel sin tinta que no previó Marco Polo, ha inaugurado una exposición de sus fotografías de aquel país cercano (pues lo tenemos en la cartera, quiero decir en la deuda). Son rostros con los ojos rasgados de gentes anónimas que nos miran desde las paredes de la Casa de la Provincia, en Sevilla, como este campesino que copia las arrugas de Auden.
Eva Díaz Pérez lo entrevistaba en el periódico, y contaba el fotógrafo cómo ha estado cuatro años viajando por las vastas provincias de aquel mundo, mezclándose con las gentes, hablando con ellas. Hablando, digo, y hay que aclarar que José Manuel no habla chino ni sus interlocutores en mercados o vagones de ferrocarril saben inglés y mucho menos español. Pero a veces ha mantenido conversaciones muy largas, como una Gran Muralla, abatida sin embargo por la cordialidad, por el lenguaje del gesto y la entonación, que no es tanto comunicación como función fática, como compartir eso tan humano como es pegar la hebra, hacer algo juntos.
Dice el hijo pródigo recién vuelto al hogar que ha llegado a mantener diálogos así durante horas, como en una ocasión con un viejo borrachín discípulo de Li Po, dando cuenta de unas cervezas. Y me he acordado del infortunado Pedro Garfias en su exilio de Eaton Hastings (Inglaterra), donde se pasaba las tardes platicando con el tabernero, cada uno en su idioma y Dios en el de todos: el verbo que hace unánimes y menos solos a los hombres. Lo cuenta Pablo Neruda en sus memorias. Cernuda, que estuvo allí como Garfias, no pudo verlo para contarlo porque para entonces ya estaba en Glasgow, y además no era amigo de hablar ni de alcoholes.
Creo que no hay comunicación más pura: la de saber que se puede uno desnudar ante quien tiene delante y contárselo todo, sin hurtar ni un detalle, sin escamotearle una confidencia. Total, no va a enterarse de nada. Total, qué no sé yo que tú no sepas. Total, él también habrá experimentado algo parecido. Hay un lenguaje común porque la vida es única.
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Sara M.