Y por fin, tras hacerse de nuevo gratis la descarga de cualquier libro, canción y película, las buenas gentes tuvieron todo el tiempo del mundo para leerlos, escucharlas y verlas porque fue general, como ha de ser, la prodigalidad de lo ilegal, y todo el mundo tomó a su antojo muebles, televisores, tapas, berzas, abrigos y braguitas, suministro eléctrico con empalmes y el coche del vecino, las horas del letrado y las del médico, y ya, todos felices y en el paro, tuvieron con qué llenar las largas horas tediosas, desempleadas.
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Sara M.