Envía uno por correo electrónico unos artículos a su mujer, y a la hora de poner el destinatario se conoce que le tembló el pulso, la vista, o ambas cosas (véase que ya escribe "mujer" y no "novia"). Y el mensaje fue a parar a un conocido y estupendo escritor, en verso y prosa, admirado amigo.
Para no ser seco, y haciendo mudanza en su costumbre, el remitente había puesto unas palabras harto cariñosas, íntimas. Descubierto el desaguisado, alertó enseguida a quien solo era destinatario del mensaje por una metedura de pata, pidiéndole disculpas.
El amigo respondió aliviado. La frasecita ridícula quedaba absuelta, incluso engrandecía al torpe que la puso en manos de quien no debía. A fin de cuentas, el perplejo receptor sabía (como todo el mundo ha de compartir, aunque no la haya leído), la idea de Pessoa: esa de que todas las cartas de amor son ridículas, pero que al final solo quienes no han escrito cartas de amor sí que son ellos ridículos.
Comentarios
Cuidadito con las teclas!
Un saludo cordial Antonio.
Menos mal.
:-)
Me encantó el post