
VEINTE HORAS
Para M. M. M., compañera de la Casa del Libro
Trenes de lejanías los llevaban
donde no llega el sol de la mañana,
donde no luce el día, y la nocturna
paz es una promesa que agoniza
en brazos de un cuchillo agazapado.
Pensaron las familias en los suyos;
el amigo en la amiga, roto el aire;
y nosotros pensamos en vosotros
como un dedo se inquieta por su mano,
y ésta por su brazo, si no siente
la interna procesión de los latidos
de un corazón que expande su secreto.
Pensamos las familias en los nuestros,
nosotros en vosotros. Con alivio,
el jueves, aun terrible, nuestra casa
no estaba en el camino de ese ángel,
ciego, exterminador.
Pero el viernes,
cuando entrasteis los del fin de semana
–los de veinte horas–, supimos
de ti, desconocida,
de ti, hasta ese día ignorada,
compañera sin rostro y ya sin madre.
Y el alivio se hizo pesadumbre.
La mano se dolía por su dedo,
el brazo por su mano, compañera.
Veinte horas después descubrimos,
nuestro ya, tu dolor. No perdonamos.
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