
Ando estos días por la Inglaterra de la Regencia y la victoriana de la mano de Claire Tomalin y su biografía de Dickens. Y anoto dos lecciones que mucho nos habrían ayudado hace unos años pero que -nunca es tarde- aún tienen aplicación. Algo sabían de crisis económicas John Dickens y su hijo Charles, pues la recesión económica de 1826 en Inglaterra hizo que, al cerrar el periódico de la City en que el padre publicaba artículos sobre seguros marítimos, la familia, desahuciada, abandonara la casa en que vivía.
John Dickens, siempre endeudado, le dio al futuro novelista este consejo: que con unos ingresos de veinte libras al año un gasto de diecinueve libras con diecinueve chelines con seis peniques significaba la felicidad, pero que el gasto de un chelín más significaba la infelicidad. La lección se la aplicó luego el autor de David Copperfield a un personaje de este libro suyo. Pero hay más.
Poco después Charles Dickens, que trabajó de niño llenando y etiquetando botes de betún, cuidó de no derrochar su magro salario semanal, dividiendo las monedas en paquetitos sobre los que escribía cada uno de los días de la semana. Jamás tocaba los de los días venideros: lo que poseía, eso gastaba.
Aquí y en tantos países nos hemos endeudado hasta el cuello. Y, claro, ahora quieren cortárnoslo.
Se me ocurre alguna fórmula para evitarlo, pero esto es ya otra historia.
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