Acaba de parecer el número séptimo de la revista Isla de Siltolá, donde este poema mío aparece muy bien rodeado de colaboraciones también inéditas de Nicanor Parra, Jordi Doce, Juan Cobos Wilkins, Aquilino Duque, José María Jurado o el propio amigo y maestro destinatario de mis versos, entre muchos otros:
CALLE DE LUIS ALBERTO DE CUENCA
Oreada de mar y de navíos,
nace del callejón ciego de Homero
y la baña el sol cálido que lleva
al recreo del colegio de Foxá
y el suyo, en su niñez nunca pasada.
Tiene esquina con Don Ramón de la Cruz
y una biblioteca malthusiana
que lo expulsa del Paraíso perdido
donde a tientas abraza a Milton Borges.
A veces anochece: Edgar Allan Poe
apaga las farolas una a una
bajo el Nevermore
oscuro de los cuervos.
A ese balcón se asoman vampiresas,
y tipos con gabardina y cuello alzado
acechan desde patios que Virgilio
siembra de surcos y de hexámetros.
Pálida y prerrafaelista,
cruza el paso de cebra, una gacela,
con Jaufré Rudel, María de Francia.
La calle es quilla de piratas y piras
funerarias de héroes,
y alitera con alas y con olas
junto a puertas almenadas de Camelot y Cirlot.
Desemboca en la glorieta de su gloria
y en el anchuroso parque de la amistad,
concurrido
por aquellos para los que no hay papel en los
bosques
que acredite a todos y cada uno
de los privilegiados residentes
con derecho a aparcar las cuadrigas o
drakkars.
Y no es calle en el fondo, sino una ciudad.
O mejor dicho: el mundo.
El mundo, que es mejor porque lo habita
Luis Alberto de Cuenca.

Comentarios
El poema es espléndido.