Miércoles 11 de agosto de 2010
Por la mañana muy, muy temprano, toca viajar al
aeroparque, donde tomará un avión a Iguazú, en la provincia de Misiones. Allí,
una de las grandes sorpresas del viaje: lo que él creía un destino para recién
casados y bobalicones atraídos por el brillo de pega de una trampa para
turistas con posibles, preferiblemente en divisas, resulta, y de qué modo, ser
un lugar de enorme e incomparable belleza.
Es la zona subtropical del país.
La temperatura roza los 24 grados, y ya la humedad se nota nada más pisar el
aeródromo. Un microbus lo lleva junto a un puñado de turistas, cada uno a su
hotel respectivo. El suyo es el Sheraton, caro pero muy conveniente para mejor
aprovechar el tiempo aquí, ya que se trata del único alojamiento en el interior
del Parque Nacional. Todo está algo corroído por la humedad, y bermudas y
salacot forman parte del uniforme de los conserjes y los botones. Se cuela una
mariposa en la recepción y revolotea entre las mesas del bar. Otras estáticas,
las orquídeas, hacen guardia en un aparador bajo un espejo que, demasiado alto,
se queda con las ganas y no llega a duplicar su belleza.
Iguazú significa en guaraní agua
grande. Y no mentían los indígenas: con un frente de tres kilómetros, las
cascadas (más de doscientas) constituyen un paisaje sobrecogedor. Lo descubrió
para el hombre blanco Álvar Núñez Cabeza de Vaca en 1542, quien inicialmente lo
llamó Saltos de Santa María.
Desde la terraza del hotel (ya
puestos a arruinarse, ha preferido pagar el suplemento y tener así vistas a las
cataratas) observa la elevada parte brasileña de Foz de Iguazú, y a la derecha,
velada por una espuma en suspensión, la maravilla. Hacia ella va, primero en un
tren de vía estrecha, y luego a través de pasarelas y caminos. En la parva
estación ferroviaria salen a saludarlo o más bien a restregarle su indiferencia
(deben de tener el estómago lleno en ese momento), los coatíes. Una hilera,
toda una familia, desciende a la vía y la cruza con la cola enhiesta, convoy de
varias locomotoras, adultas y cachorras, perdiéndose en la vegetación. Coatí
significa en guaraní nariz larga. Viéndolos más tarde con su hocico que busca
entre la comida de los visitantes, el nombre no requiere más explicación.
El breve recorrido termina en la
estación Garganta del Diablo, desde la que ya a pie se dirige por el circuito
superior al mirador, que es un curioso eufemismo, porque el agua en suspensión
es tanta que apenas puede ver, con las gafas totalmente empapadas; como por
otra parte apenas puede oír nada, ensordecido por el tronar del agua, que a
veces parece una bandera papal, con su desplome blanco y en ciertas zonas
amarillo. Quizá ese color de azufre tenga algo que ver en la explosión
constante, que nunca cesa en su bramido. A la izquierda, abajo, la isla San
Martín. Quedan restos de una antigua pasarela destruida por las inundaciones
del año 1992.
Hecho este recorrido, le llegará
el turno al sendero inferior. En algunos puntos los coatíes reclaman su ración
de golosinas. Y una y otra vez se acuerda del dios escandinavo Heimdall, el
guardián del arco iris, a quien agua y sol elevan en diferentes puntos sus
altares.
Luego, por la tarde, al bosque
tropical, no sin antes haberse provisto de repelente de insectos. No sólo avanza
entre monos capuchinos, también hay tucanes en las ramas más altas. El sendero
se estrecha en no pocos puntos, junto a los palos rosa y los palmitos. Podría
escribir aquí que entrevió un jaguar o supuso un tapir o un oso hormiguero
gigante entre las sombras, pero lo dejo estar, porque no me consta que así
fuera y no querría que me llamase embustero.
El fin de fiesta es un recorrido
en lancha motora hasta el mismo lugar en que desaguan las cataratas. Ha metido
las pertenencias de valor (menos la cámara, que se apresta a morir o
inmortalizar) en un saco impermeable que le han entregado al efecto, pero eso
no evita que él acabe absolutamente empapado. Cuántas veces le parece que la
barca se escora. Cuántos brincos pega, entrando el agua por la borda. El
estruendo ensordecedor del salto de agua se confunde con el agudo chillar del
pasaje, que en esta ocasión no canta bajo la ducha, sino que da directamente alaridos
bajo ella. Cuando trepa por los rudos escalones que llevan al traspiés y de
nuevo al agua o al hotel y la otra ducha, siente que pesa mucho más que hace
una hora: a la usual materia suya se le une ahora el millar de hectolitros que
han ido a mezclar sus moléculas con las de sus calzoncillos, con las del
pantalón vaquero, que ahora pesa toneladas, con las de la camisa, que ahora es
coraza de conquistador. El reloj de pulsera es ya clepsidra. En el Sheraton, a la
mañana siguiente, con la ropa aún chorreando extendida sobre una butaca, una
mesa, una percha, compone estos versos:
LOS RÁPIDOS
Corriente
arriba,
entre la
jungla,
el verde te
rodea
y te
sostiene.
Tanto te
acercas
que al fin
dejas de verlas,
las
cataratas.
En su blancura,
nada la vista;
esta ceguera húmeda
esta ceguera húmeda
en que zozobras casi.
Jamás
ha utilizado un secador de pelo de los que proporcionan los hoteles; aplicado sobre los pantalones, éste
tampoco le sirve de mucho.
(Las cataratas de Iguazú acaban de ser declaradas una de las siete "Maravillas Naturales" del mundo)
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