Vino tras una prolongada murria londinense, y en comparación con lo que dejó allí Sevilla le pareció “una tierra de libertad”. Recién licenciado en Medicina, aquí se sintió consciente de su juventud, y su estancia le sirvió como un mirador desde el que contemplar una nueva vida y las delicias del mundo. Se dejó bigote, lució sombrero de ala ancha y se aficionó al buen tabaco filipino, un bien con el que comerció, como es sabido, Jaime Gil de Biedma. La indolencia y la inacción se las sacudía montando un caballo, Aguador, con el que recorría las afueras.
Traía
Maugham en el zurrón de su fantasía una imagen idílica de Sevilla con palmeras
que cosquilleaban el cielo, un río de aguas verdes con naranjales y abundantes
donceles y mozas plenos de donaires. La realidad, sin embargo, no lo asustó, y
un Guadalquivir de color amarillento cenagoso y con buques que cargaban grano
en sus bodegas, ajenos al perfume entresoñado, le mostró Sevilla como en verdad
era. Con todo, gozó de sus atractivos, que cifró en su vivacidad y en su
alegría casi pueril.
Muchas
cosas le llamaron la atención en esta primera estancia. Ahora que es verano,
señalaría la frescura aliviadora de los patios y la matizada luz que filtraban
las velas de la calle Sierpes, un escudo contra el sol del todo impensable en
Inglaterra.
Recorrió
el Alcázar, que le defraudó porque vio en él una desafortunada sobreposición de
la arquitectura cristiana a la árabe, y sin embargo en su deambular tuvo
presentes a Pedro el Cruel y a María de Padilla. Del primero glosa acerca de la
leyenda de su poligamia: “tenía gustos orientales”. En los jardines lo invadió
la nostalgia de su patria y las rosas le trajeron aromas familiares, que lo
transportaron a Kent.
Por esas páginas de La tierra de María Santísima, el libro
que dedicó a España en 1905, desfilan, como lo hacían por la calle Sierpes,
cigarreras, vendedores de lotería, toreros… En algún recorrido nocturno se ocupa
también Maugham de trazar la estampa de un sereno beodo. Siempre la liturgia
católica resulta llamativa para los espíritus del norte, y el autor de El filo de la navaja no fue en esto una
excepción. Al día siguiente de llegar fue la festividad de la Inmaculada, y en
la catedral asistió al culto, que por la tarde ofreció el hipnótico baile de
los seises. Fue esta una de las cosas que más destacó de Sevilla Arthur Symons
; y cuando en noviembre de 1927 vino Yeats, este expresó en una carta el deseo
de permanecer en la ciudad hasta esa fecha, solo por quedarse a ver los seises
y su baile con castañuelas “entre seguidilla y minué”, como lo definió Cernuda
en Ocnos.
Abarcó la primera estancia
española dos años, de diciembre de 1897 a abril de 1899, periodo en el que
aparte de los nueve meses que pasó en Sevilla también visitó otras localidades.
Sucesivas visitas tuvieron lugar en 1903, 1914, 1933 y 1934. Nuestras fiestas
mayores lo atraían sobre todo, y casi siempre que regresó lo hizo en abril,
como sucedió en 1948 y 1949. La última vez que visitó Sevilla fue, hasta donde
yo sé, en 1954 (pero en esta ocasión en septiembre).
En muchas partes dejó Maugham sus
impresiones sobre Sevilla. En Servidumbre
humana, un personaje se queja de la imagen manida de la ciudad, que desde
Gautier apila un tópico sobre otro. En El
mago retoma las pinturas de Valdés Leal, de las que ya había escrito, lo
mismo que sobre la figura de Miguel de Mañara, en un capítulo de su obra de
1905. Don Fernando, que para Graham
Greene, otro hispanófilo, era el mejor libro de Maugham, recibe su título de un
tabernero de la calle Guzmán el Bueno, en el barrio de Santa Cruz. Edward F.
Johnston, vicecónsul británico y presidente del Sevilla Football Club cuando él
era visitante mozo, abría su casa en el número 2 a los viajeros británicos que
pasaban por Sevilla; allí llevó Maugham su tartamudez a las tertulias y en él
se basó para uno de los protagonistas de otra narración. También aparece la
ciudad en cuentos como “La madre”, “El poeta”, “Una cuestión de honor” (la
acción de los tres transcurre íntegramente en la capital hispalense), “Un
consejo”, “La señorita romántica”, “El cura español” o “El hombre feliz”, que
se desarrolla entre Londres y Sevilla.
Maugham confesó que, de joven,
Sevilla le resultó “demasiado placentera como para prestar exclusiva atención a
la literatura”. Pero lo cierto es que su brillante carrera teatral y narrativa
lo hizo rico y permitió que cuando se hospedara en Sevilla, ya adulto, lo
hiciera siempre en el hotel Alfonso XIII.
(Publicado en la edición sevillana de El Mundo el 24-8-12)

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