Gabriele Morelli con Jorge Luis Borges en 1981
Ha pasado una vez más por Sevilla el profesor italiano
Gabriele Morelli, el máximo estudioso italiano de la poesía española
contemporánea, y con él hemos compartido ratos de conversación Aquilino Duque,
Marie Christine del Castillo, Fernando Ortiz, Jacobo Cortines o yo mismo, en
una carrera de relevos de los proyectos, o de la simple y fiel amistad, que
cultiva este divulgador de nuestras letras. Yo me cité con él en casa del
sobrino de Luis Cernuda, y Morelli vino de su pensión cercana a la calle del
Aire puntual, entusiasta. Si uno fuera creyente en ectoplasmas como Fernando
Villalón diría que las muchas ideas que bullían en nuestro visitante le podrían
haber hecho atascarse, como un alejandrino en un verso de haiku, en esas
estrechas callejuelas.
Si
de Italia nos vino ese invento superior al de la rueda, el endecasílabo, de
este erudito y traductor nos llega un interés por lo nuestro que tiene mucho de
bumerán, de retorno. Retornos de lo vivo
lejano es título de Alberti, quien sale en la conversación y de quien
Morelli ha publicado parte de su correspondencia. Y también los nombres de Neruda,
con quien cenó, o de Lorca o Colinas (Morelli es catedrático de la Universidad
de Bérgamo, y el leonés, que fue lector allí, autor de “Piedras de Bérgamo”,
primera parte del bellísimo Sepulcro en
Tarquinia).
En
la sevillana editorial Renacimiento Morelli ha publicado ya varios frutos de su
esfuerzo, que va sumando a su inagotable bibliografía de hispanista por la que
ha recibido la Cruz de Isabel la Católica. Sobre la mesa tengo ahora su facsímil
de la madrileña Nueva Revista, que
recoge la breve aventura de esta publicación entre 1929 y 1930. Hay un artículo
sobre Bécquer, y sevillanos que colaboraron allí fueron Aleixandre, Villalón o
Cernuda.
Sobre
este último es la pesquisa que ha traído a Morelli a nuestra ciudad. No sé si
cometo indiscreción al revelar que para la citada editorial de Abelardo Linares
(otro viajero del que habría que escribir un día), el italiano se encuentra
preparando una edición de las versiones que Miguel Romero Martínez publicó –era
1928– de los Canti de Leopardi, el
colosal poeta romántico italiano en cuya obra no hay fecha de caducidad ni se
pone el sol, como no declina en la de sus antecesores Virgilio o Petrarca. Romero,
a quien José María Izquierdo llamó “bibliófilo humanista”, fue uno de esos
ateneístas que pulularon en derredor del ultraísmo. Y astrónomo aficionado,
llegó incluso a descubrir una estrella en 1918. ¿Habrá algo más lírico? Muchas
traducciones de Leopardi se han publicado después (una, del citado Antonio
Colinas), pero la primorosa de nuestro paisano Romero fue la que leyó Cernuda
durante su fugaz carrera como miliciano durante la Guerra Civil.
Juan
Luis Panero, cuya poesía empezó a ser justamente conocida gracias a otra
edición de Renacimiento, recuerda haber visto en Londres, siendo él un niño, el
ejemplar profusamente anotado en que Cernuda mostraba una lectura atenta de
Leopardi. Dónde esté ese ejemplar, no lo sabemos. Él mismo es una de las
consecuencias del exilio, del arrastrar una biblioteca de un país a otro, de un
continente a otro. Cernuda se lo regaló a Panero, y luego desapareció en la
almoneda.
A
Morelli le gustaría dar con ese libro para documentar y analizar la influencia
de Leopardi en Cernuda. Nadie, seguramente, más indicado que él para esta
tarea: su familia es de Recanati, la villa del poeta tristísimo y deforme, y él
un gran conocedor de la generación del 27 y del autor de Ocnos, libro que ha traducido en versión que permanece inédita.
Por
lo demás, lo que nos cuenta Morelli, que ha venido de Bérgamo en un vuelo de
bajo coste menos gravoso que una cena para dos en una pizzería, es tan
universal como deprimente: el declive de las universidades, que allí como aquí se
mustian y degradan (maldita Bolonia, y maldita la realidad de la cual los planes
de estudio son espejo), el desinterés por las humanidades, el derrumbe del
mercado editorial literario, la primacía de lo alicorto.
Va
y viene siempre que puede este viajero con su tráfico de versos y revistas y también
de alimentos terrestres (como el título de Gide, también enamorado de Sevilla),
pues Gabriele Morelli trae un trozo de buen parmesano para compartir con los
amigos y se lleva, halcón o águila, en el buche hasta su nido prealpino o en la
maleta, purpúreo papel biblia que sabe a gloria y paraíso, jamón, jamón bien
cortado, pasión que comparte con nuestra poesía. En eso también se nota que es
sabio.
(Publicado en la edición sevillana de El Mundo el 10-08-12)

Comentarios