Se ha estrenado en un teatro de la ciudad de México la
adaptación “iconoclasta y no machista” de la ópera Carmen. El responsable de la metamorfosis, que no parece que sea
Ovidio, ha querido presentar, afirma, “una mujer en busca de libertad, una víctima más de
las tantas que sufren violencia de género”.
Nadie duda que en los países
hispanoamericanos la mujer sigue padeciendo unas condiciones de vida en muchos
casos lamentables, de las que los multitudinarios asesinatos de Ciudad Juárez
son un caso extremo. Pero trocar el sentido de una obra ajena para que diga
otra cosa, sobre fácil, es una falta de respeto a quien ya no puede defenderse
porque tiene en su contra la cronología, que avanza testaruda, y ya sus derechos
de propiedad intelectual han prescrito.
Prescrito habrán los derechos a percibir
regalías, pero no deberían haber ido tras ellos los que atañen a lo que se
conoce como “el derecho moral de autoría”. Dice el director de escena que en el
montaje (nunca mejor dicho) se respeta la música original. ¡Menos mal! Como se
respetaba en esas versiones de la Tetralogía
de Wagner en las que el dios Wotan salía tocado con chistera.
De la Ilíada
se han realizado incontables adaptaciones, recreaciones, obras subsidiarias,
algunas de gran belleza o muy sugerentes. Pero los escritores que las han
firmado han hecho precisamente eso, firmarlas. No se las han endilgado a
Homero.
“Esta Carmen pasa en una Sevilla
imaginaria que puede ser desde México hasta la Patagonia. Por esa razón, podrán
verse grafitis, tribus urbanas y bailes más contemporáneos y propios a
nosotros, como hip hop, reggaeton y bachata.” Ya con esto uno se queda
tranquilo del todo y sabe a qué atenerse. La Fábrica de Tabacos pasa a ser un
solar cuyas paredes están cubiertas de monigotes pintarrajeados. Entre las
gentes del teatro algunos obran al modo de las urracas. O, más cucos, ocupan el
nido del autor y luego expulsan la creación de este arrojándola por la borda
para dejar sus huevos.
Se le llena la boca al
escenógrafo con expresiones como feminicidios, lo que está muy bien y mejor
estaría si nos ofreciera su obra pero, claro, el director escénico sin duda
tiene poderosas razones para, en vez de ir a calzón quitado con su propio
nombre y otro título, acogerse a los de Bizet y su Carmen. Los ingresos de taquilla serían bien distintos. Muy
inferiores, quiero decir.
No
parece tener gran mérito honrar a las mujeres para robar a los muertos. Pero,
claro, los vivos tienen que comer. Y más, los vivales.
(El Mundo, edición Sevilla, 28-9-12)

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