Desde la encalada habitación en la que escribo veo unas de
tejas (hileras de hormigas rojas de la tarde) y una achaparrada chimenea también
blanca, pinares que cosquillean el aire con sus agujas y un azul de dos
intensidades que allá donde se difumina por la acción de esa goma de borrar, el
horizonte, se bifurca en mar y cielo. Es el Mediterráneo; si escribo de
Lawrence Durrell, y modificando el epíteto latino, el Mare Suum.
Este
año se ha cumplido el centenario del nacimiento de este escritor inglés que representa
mejor que ningún otro esa casta tan británica, la de los expatriados, los
emigrantes por gusto que como Stevenson abandonan el gris y el frío de sus
inviernos insulares atlánticos por otros climas más benévolos cuyo calor hace
correr la circulación sanguínea, incluida la que riega el cerebro y otras zonas
inferiores que en complicidad con este rigen la sensualidad. Como Kipling
décadas antes, Lawrence Durrell nació en la India del Imperio Británico, y a la
muerte de su padre la viuda y los hijos se trasladaron a vivir donde más
pudieran dar de sí sus libras y no lloviera tanto y se pudiera dejar atrás la
formalidad estricta que como la estricnina deja un rictus, una insoportable
pose.
Sabemos,
porque no hay apunte biográfico sobre él que no lo diga, que Durrell residió
varios años en Corfú, hasta que en 1941 la Segunda Guerra Mundial dio al traste
con esa vida plácida de mítica simplicidad en la que el ser humano está más
cerca de los dioses. Y que luego, como Cavafis, residió en Alejandría (el
escenario de su célebre Cuarteto) y
en Rodas, Chipre, Argentina, Yugoslavia y la Provenza. Prácticamente, sin
embargo, todas las informaciones que sobre él nos llegan eluden el dato por el
que hoy viene a visitar esta “Galería de viajeros sevillanos” (los de nación
que salieron más allá de las murallas y los que vinieron de otros países a
vivir intramuros, siquiera una temporada).
Lo
cuenta su hermano Gerald, el naturalista, en su estupendo y desenfadado Mi familia y otros animales. Como quien
no quiere la cosa, narra el hartazgo de la familia en Inglaterra, esa “isla del
pudding” como la llamada Lawrence, Larry, el primogénito, y cuando refiere que
la madre encomienda al futuro escritor la tarea de ser una suerte de explorador
doméstico de Corfú, de cara a un eventual asentamiento de la familia en aquella
isla, transmite la respuesta con la información que aquí nos interesa: “Lo mismo dijiste cuando propuse ir a
España -le recordó-, y dos meses interminables me pasé sentado en Sevilla
esperando que aparecieseis, mientras vosotros no hacíais más que escribirme
kilométricas cartas sobre el alcantarillado y el agua de beber, como si yo
fuera el secretario del Ayuntamiento o algo así.”
Si
la familia se asentó en la isla griega en 1935, esto debió de ser poco antes.
¿Qué Sevilla conoció Durrell? ¿Dónde se hospedó? ¿Qué iría anotando,
mentalmente o en un cuaderno, acerca de nuestros usos y husillos y la
habitabilidad de nuestra urbe? ¿Qué balance haría de la misma, cómo nos
calificaría? ¿Qué sentiría ante la Giralda y esas torres de la Plaza de España
recientemente construida para la Exposición Iberoamericana, que luego serían
escenario de la película dedicada a un casi tocayo, Lawrence de Arabia?
Este año del centenario, los
escritores Joan de Sagarra y Jacinto Antón han recordado a Durrell en España.
Pero ninguno de ellos (el primero más centrado en la relación epistolar de su
propia madre con el expatriado, y el segundo en el ámbito helénico que
comprende la Trilogía Mediterránea ahora publicada por
Edhasa) ha mencionado la presencia de esos dos meses de quien aún no era
escritor en nuestra ciudad. Si cuando llegó como empleado del Foreign Office a
Argentina nuestro hombre ya hablaba algo de español, era porque lo había
aprendido precisamente aquí.
Sé que debería haber investigado
más esto y no llegar a los lectores solo con un poco de agua salobre y mucho
sol en las manos. Pero ya dije que escribo desde una playa mediterránea, y no
he tenido ocasión de llenar de granos de arena, como innúmeros marcapáginas, la
prolija biografía que a Durrell dedicó Ian MacNiven, un estudioso de nombre y
apellidos más propios de las Tierras Altas de Escocia que de meridional y luminoso
oleaje. Para la laboriosidad de otros o para mis propias tardes de otoño dejo
la investigación que brinde los pormenores de la estancia fantasmal de Lawrence
Durrell en Sevilla. Reconozco que como sabueso literario he suspendido en este
caso. Pero aún queda septiembre.
(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 31-08-12)

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