Posee una voz arisca y de arrastrada lija, áspera como las
papilas de una lengua de gato. Y, como uno solo y unánime, sus millones de
seguidores han emitido esta semana un general ronroneo cuando se ha puesto a la
venta el trigésimo quinto de sus discos, Tempest,
a medio siglo de aquel inaugural de 1962 que se titulaba, a palo seco, con su
mero nombre artístico.
Quieren
los defensores de un sentido laxo de la creación poética promover a Bob Dylan
como candidato para el Nobel de Literatura. Lo mismo podría aspirar, por esa
regla de tres, al de Economía, porque sabe hacer de la necesidad virtud y con
unos pocos recursos alcanzar grandes metas, como los genios. No es un nuevo
Shakespeare, como alguno se ha aventurado a sugerir agarrándose al título del
drama que hoy presenta, casi homónimo del último de los álbumes del Bardo, pero
su voz es innegablemente tempestuosa y él sigue demostrando ser autor de
excelentes letras.
Uno
de estos jueves se reunirá la Academia Sueca y resolverá sobre el premio que ya
han logrado Neruda o Eliot. Seguramente Dylan no sea acreedor a ese
reconocimiento si nos limitamos a considerar los tipos de imprenta, lo escrito.
Ahora bien, si atendemos a lo oral Dylan sería un magnífico candidato, y si
hubiera un Nobel de Música, él debería tenerlo hace ya mucho. Pero no lo habrá,
porque los rendimientos que da el legado del inventor de la dinamita también
decrecen -¡la crisis!- y desde este año el dinero para premios sufrirá los
recortes.
Evidentemente, ya no está en su
mejor momento, pero qué hermosas y vivas ruinas. Que nos tocan muy dentro,
porque si hablamos de él no lo hacemos del Village neoyorquino, de Duluth o de
Woodstock, sino del Damas de Asunción donde le compramos el primer disco de
vinilo, de aquel bar del Postigo y aquella persona a nuestro lado o del Cineclub
de Medicina donde lo vimos con la guitarra acústica y la armónica y el pelo
alborotado en el Concierto para Bangladesh. Cambian los tiempos (sí, The Times They Are A-Changin’) y hoy,
décadas después, lo rejuvenecemos en el DVD del documental de Martin Scorsese o
portándolo en el móvil lo ponemos a cantar retrasando su edad de jubilación
(espejo de nosotros mismos).
En
pie, por no contradecir a la lima de ebanista con la que interpreta sus
canciones, esa lengua de gato cada vez más rasposa, el cantante no muere, ¿cómo
va a morir Bob Dylan? Saca las uñas, bufa y nos mira sin apenas moverse,
hieráticamente. Nos recuerda que tiene siete vidas. Ronroneamos.
(Mi artículo en El Mundo, edición de Sevilla, 14-9-12)

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