Treinta y siete años después de muerto Franco, casi todos en
Sevilla hacen bueno el lema de un ministro suyo quien, con frase célebre, declaró
como un niño egoísta que no presta sus rotuladores: “La calle es mía.”
El suelo común se ha ido
privatizando. Un ciego, un minusválido lo tiene cada vez más difícil. Y lo
mismo, alguien a quien le suba la tensión ante los atropellos. El problema no
es solo el desproporcionado número de veladores que en todos los formatos han
ido a aposentarse en las aceras, en pasos tan estrechos que semejan ser la
emboscada de Roncesvalles o de comanches entre cerros fordianos; es, también,
la multitud de anuncios que en forma de banderolas con peanas (santos laicos de
los nuevos tiempos), pizarras de tijera y demás carteles angostan la vía. Se
fomenta al personaje hosco y solitario de la fila india; se desanima el paso,
cogidas de la mano, de las parejas.
Los
bares sacan sus barricadas. Los árboles se emparedan con reclamos de tapas y raciones
cogidos con cadenas. Frente al mismo Ayuntamiento unos ponen sus conitos para
hacer prácticas de patinaje mientras otros machacan el mármol como hijos de
Atila o se contorsionan (allá ellos) al ritmo de aparatos estéreo que asaltan a
quien no quiera oírlas.
En
todo tramo, en fin, hay un cuello de botella, un embudo.
Dan
ganas de salir corriendo; eso sí, con buen cuidado de no tropezar con los
muchos obstáculos que impiden el paso en las calles enajenadas. Y, sorteando
taburetes y mesas y letreros, viajar, emigrar, marchar lejos de una ciudad que
se va convirtiendo no en decorado de cartón piedra, vistoso al menos, sino en
una horrenda sucesión de zancadillas, tropiezos, estorbos, traspiés, que hay
que esquivar, evitar, rodear driblar, rehuir.
Los encerados de las aulas están,
ya se sabe, en retroceso. Hoy los que pitan (un chirrido para los ojos, como
uñas en su superficie) son los de las especialidades y los menús del día, las
ofertas de botellines y los desayunos en bocacalles apenas visibles entre tanta
cartelería. Romero Murube escribió un libro que tituló, tirando por lo alto,
con elevada ignorancia de lo que hoy ha venido a imponerse. Hoy, la elegía que
Sevilla pide a gritos es otra: Los suelos
que perdimos.
Gorriones y palomas volarán. Y murciélagos
junto a la catedral, de noche, esas aéreas gárgolas de sombra entre los focos.
Pero entre fotos de platos combinados o de paellas –hay sangría, montaditos,
ensaladas, baile flamenco–, hoy no podría correr, sin hacerse un chichón, el
mirlo.
(Publicado en la edición sevillana de El Mundo, 21-9-12)
Comentarios