No es solo una cuestión política, en la que se diriman las
vías para que los ciudadanos gocen de una vida mejor. Se trata del presente, y
de su observación solo se puede concluir que la actual sociedad es muy injusta,
sin duda más de lo que lo ha sido en las últimas décadas. En muchos países de
nuestro entorno, y en el nuestro mismo, la Constitución, las leyes, son
avanzadas. Nominalmente. Ahora, se ve la vida cotidiana fuera de los códigos y
del Boletín Oficial del Estado y todo adquiere un tono sórdido, cada vez más
preocupante.
Quien
no pasa auténticas estrecheces y simplemente se ha visto obligado a reducir un
poco su tren de vida, disminuyendo pongamos las salidas de ocio o la duración
de las vacaciones, no puede tener idea de cómo la devastación económica va golpeando
alrededor.
En
Sevilla ha sucedido recientemente uno de esos casos que justifican una carta de
dimisión irrevocable de este club depauperizado (sobre todo en lo moral) del
género humano.
J.R.L.
era hasta la pasada primavera uno de tantos trabajadores más o menos
mileuristas. También a él le alcanzó la violencia real de ese eufemismo, la
crisis, y empezó a no cobrar la nómina. El protagonista de esta lastimosísima
historia era vigilante de seguridad, y siguió trabajando a pesar de que ya el
sueldo no entraba en su casa. Luego, la empresa entró en concurso de acreedores
(perífrasis que suena a entretenimiento televisivo de lo que es lisa y
llanamente una quiebra) y fue subrogado a otra empresa. Le debían 10.000 euros.
Pepito,
como conocían sus compañeros a este vigilante de más de cincuenta años, no
abandonó su puesto de trabajo: diariamente acudió al Polideportivo de San Pablo
a prestar sus servicios. Como no tenía dinero, empezó trasladándose desde su
domicilio de Dos Hermanas en bici y, cuando ya no pudo pedalear porque le
robaron esta (uno de los detalles más sangrantes de su historia, aunque no el
más grave) no tuvo más remedio que viajar sin billete y si era sorprendido por
el revisor, al fin y al cabo casi un colega, tragándose la vergüenza pedía a
otros viajeros el importe del billete o, si no daba fruto la colecta, se
apeaba.
Hubo
un momento en que este hombre no pudo aguantar más, y se suicidó. Sus
compañeros siguen en la misma situación, manifestándose como pueden en un
entorno cada vez más duro, porque unos gritos y unas pancartas cada vez dicen
menos entre otras denuncias. Todo eso ha sucedido entre nosotros. A nuestras mismas
puertas.
(El Mundo, edición de Sevilla, 29-10-12)
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