Son pocas las ocasiones en que un poeta, y más si leemos su obra traducida, causa un asombro como el que he experimentado recientemente ante la rumana Ana Blandiana (Timisoara, 1942). Sin duda tienen buena parte en ello la excelente versión que ofrecen de ella Rafael Pisot y Juan Vicente Piqueras en Cosecha de ángeles, editada en la colección Cosmopoética al cuidado de Lara Cantizani.
Desde el primer poema tuve conciencia de hallarme ante una poeta extraordinaria, autora de joyas como "Eclipse", "El ojo cerrado", "Sólo el amor", "Cosecha de ángeles", "Moléculas de calcio", "De tu voluntad", "Sin saber" o "Este poema".
Blandiana no es amiga de sorprender (aunque lo hace), de salir a la pista circense de los malabarismos, sino a hacer reconocer en el lector lo que ofrece el poema, prefiriendo la sugerencia a la expresión. A eso se refiere cuando en la primera estrofa del último de los poemas que enumeré arriba escribe:
Este poema dura sólo esto,
lo que tardas en leerlo:
la próxima vez que lo leas
será otro
porque tú serás otro
y, por supuesto, será completamente diferente
cuando lo lea otra persona.
La más que recomendable antología bilingüe de esta poeta (y también autora en otros géneros) que, lo digo sin ambages, se me presenta como totalmente acreedora al Premio Nobel se completa con unos fragmentos entresacados de su ensayo "La poesía entre el silencio y el pecado" (2006). Mucho hay de subrayable en ellos, como esta frase que no puede ser más atinada: "La poesía no tiene que resplandecer, tiene que alumbrar."

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