Fue viernes, como hoy. El almirante vio un fuego a lo lejos,
y era que desde la Pinta se había avistado tierra. Lo gritó, un río de
entusiasmo que desembocó en los labios, un tal Rodrigo, al que llamaban de
Triana. Por fin las Indias, el nuevo camino hasta Cipango. Rodrigo se sintió ya
el dueño de los prometidos maravedíes. Luego, como tantas veces sucede con las
recompensas, del tesoro ofrecido no hubo nada. Aún no había nacido Garcilaso de
la Vega, ni Cervantes, ni la inmensa mayoría de escritores de nuestra lengua.
Ese es el día que celebramos, el
que ha venido a ser, desde aquel primer grito de cuerdas vocales aparejadas
junto al antiguo Betis, la fiesta nacional de España.
Es una festividad hermosa, la
nuestra, porque a diferencia de otras no es de ensimismamiento: un encuentro es
lo que evoca, el descubrimiento que pronto se vio que no era el de una nueva
ruta, sino, insospechadamente, el de un nuevo y luengo continente. Desde las
afueras de Ushuaia, en Tierra del Fuego, hay carteles que indican los muchos
miles de kilómetros que hay hasta Alaska.
Está bien que un país se celebre
en la apertura, en el espejo que hallaría al otro lado del océano. Adonde
llevaría su lengua, en trasplante que no soñaran los hablantes de entonces ni
sus antecesores, hasta llegar a Virgilio.
¿Fue
un desastre el descubrimiento de América, como quieren hacernos creer los que,
más que indigenistas, son indigentes culturales? Negar que hubo masacres es
imposible, pero juzgar desde la perspectiva de hoy los hechos del pasado es una
solemne tontería. También de las culturas iberas a las que Roma sojuzgó quedó
bien poco. Querer rehacer la Historia es, sobre cualquier otra consideración,
inútil.
Desde
hace décadas se estila deplorar todo aquello, pero de aquel viernes surgió la
amplitud de esta lengua que hoy hablamos y escribimos cuatrocientos millones de
personas.
Sería un enorme error pensar que
la invención de la Hispanidad sea poco menos que un invento franquista. Un
republicano exiliado, Luis Cernuda, que alguna vez pisaría el Altozano que fue
familiar a Rodrigo de Triana, escribió en Variaciones
sobre tema mexicano: “¿Cómo no sentir orgullo al escuchar hablada nuestra
lengua, eco fiel de ella y al mismo tiempo expresión autónoma, por otros
pueblos al otro lado del mundo? Ellos, a sabiendas o no, quiéranlo o no, con
esos mismos signos de su alma, que son las palabras, mantienen vivo el destino
de nuestro país, y habrían de mantenerlo aún después que él dejara de existir.”
(El Mundo, edición de Sevilla, 12-10-12)
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