Con Rodrigo Olay (a mi izquierda), Jesús Hilario Tundidor y Kepa Murua
durante nuestra lectura en la Sala Orive
Como una hoja amarilla que arrastra la corriente, barquito
de papel de endecasílabos, hoy el artículo lo despacha uno Guadalquivir arriba,
en Córdoba, donde se está celebrando la novena edición de Cosmopoética, ahora
trasladada al otoño. Allí, junto a actividades que cortejan la poesía
(recitales, mesas redondas, homenajes), también se puede visitar estos días una
exposición sobre Góngora, ese casi invento sevillano de la Generación del 27
patentado por el Ateneo de entonces y por el Ignacio Sánchez Mejías de siempre,
que lo mismo parece un hombre del Renacimiento que un torero de mañana
dispuesto a apear del cartel al más pintado.
La
poesía española del primer tercio del siglo XX viene signada por ese grupo que se
reunió en Sevilla. La del tercero, por el de los llamados novísimos, esos
novios superlativos del verso –entonces recental, hoy casi pensionista–, antologados
por un catalán, Castellet, antes de que muchos otros catalanes (léase sus
instituciones) perdieran el norte y dieran de lado a los poetas que en esa
región escriben en castellano. Sobre los novísimos se han centrado varios actos
en el festival, y al sevillano Antonio Machado en el centenario de Campos de Castilla otro emocionante, con
la participación de poetas de diferentes países.
Lo
lleva en su código genético: el otoño propende a la melancolía, que es el
combustible en el que siempre está presto a arder el fuego lírico de la
creación pautada en latidos, al fin y al cabo acentos. Es lástima que Sevilla
no cuente con un festival como el de Córdoba, pero hay que felicitarse de que
también la “estación de nieblas y plena abundancia” (Keats en su oda “Al
otoño”) tenga aquí citas importantes de uno consigo mismo y de su intimidad con
la de todos, que ese es el encuentro mágico que depara la poesía. Así, la Casa
de los Poetas y las Letras anuncia lecturas de Francisca Aguirre y Antonio
Martínez Sarrión.
A
Manuel Machado se le dedicó por otra parte una sesión en Santa Clara y, a su
querido Alejandro Sawa, esa luz de bohemia que no se apaga nunca con su farol
perenne de fiebre y de locura, se le recordará cuando noviembre expire en dos
jornadas justificadas por la efeméride (ese híbrido de astrología y aritmética)
del ciento cincuenta aniversario de su nacimiento en Sevilla.
Aunque
aún haga sol, pronto vendrán las mañanas frescas y los atardeceres suntuosos,
la lluvia y la tristeza –esa alegría de los hiperestésicos– que son el otoñal mantillo
desde siempre nutricio de la poesía lírica.
(Publicado en la edición sevillana de El Mundo, el 5-10-12)

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