Nos pintaban la imagen de un poeta romántico –lo era, aunque
tardío–, rondador de arpas y delicadísimas manos prestas al suspiro y hasta el
desmayo. Muchas de sus rimas constituían un ejemplo de devocional poesía
amorosa. En las leyendas, sin embargo, ya se advertían borrascas, sombras,
realidades oscuras que amenazaban la luz mansa, casi angelical, de los versos
dirigidos a evanescentes damiselas. Tuvieron que pasar años hasta que
descubrimos su faceta más oscura: su condición de poeta obsceno.
Bécquer,
como casi todo escritor, tenía una personalidad compleja; no quiere decirse que
con dobleces, pero sí con muchas caras (como las gemas, al fin y al cabo).
Estos días pasados, leyendo Memoria de
José Moreno Villa, he dado con otra imagen desmitificadora que hace más vivo al
personaje al que se refiere; en este caso, no Bécquer, aunque algo tenga que
ver en la historia, sino otro poeta sevillano.
Estaba Moreno Villa, empleado de
arqueólogo e historiador del arte, en Soria cuando al finalizar las tareas del
día fue a cenar al desangelado comedor de la fonda en que paraba. Solo se hallaban
allí él y su acompañante, más el camarero que pronto hizo acto de presencia con
la tradicional servilleta en el antebrazo. Comentaban el futuro autor de Pasado en claro y el otro comensal lo
solitario de aquella sala y de la ciudad toda que la albergaba, donde apenas se
habían cruzado con algún viandante, cuando lo que parecía ser casi la mitad de
la población local entró silenciosamente en el comedor: dos hombres y dos jóvenes mujeres, todos vestidos de
negro. Uno de ellos era Antonio Machado, ¿sería Leonor una de aquellas
muchachas enlutadas? Y enseguida se vio que no habían entrado para aplacar el
hambre, pues acercándose al piano de cola que había a un lado “una de las
señoritas se puso a preludiar” y poco después los cuatro, el más insospechado
coro, estaban cantando no se sabe bien bajo el dictado de qué notas la
archiconocida rima “Volverán las oscuras golondrinas”. Sentado, Machado movía
la cabeza como afirmando. Cree recordar Moreno Villa que el poeta llevaba ya su
bastón.
Impresiona imaginar al poeta del
palacio de las Dueñas gozando de un momento así de alegría y esparcimiento, en
ese breve plazo en que fue feliz con su esposa casi niña. Jamás lo habría
imaginado uno cantando y llevando el compás, aunque se tratara de una letra tan
melancólica al cabo como esa de Bécquer, quien por cierto ¡también casó con
soriana y habitó un tiempo aquel envés extraño de Sevilla!
(El Mundo, edición de Sevilla, 23-11-12)

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