El domingo pasado ofrecía El Mundo la primera entrega de su
curso de chino y ya se ha puesto uno a descifrar esas arañitas, esos insectos
desconocidos y a comprobar que no era chiste: a tenor de un nombre propio, veo
que nuestra ere se hace ele en esa lengua.
También
con el aval de organismos de aquella nación como Hanban y el Instituto
Confucio, en Andalucía se brinda desde hace poco la posibilidad de estudiar
chino como segunda lengua en diez institutos, dos de ellos sevillanos. Estas
semanas pasadas han ido llegando las profesoras y hoy caligrafían las pizarras
como si las aulas fueran calles del Chinatown de San Francisco o del mismo
Pekín y ciudades igualmente populosas que burlan nuestra retentiva con nombres
arduos, volátiles.
Me
dicen que esas clases de chino son un éxito. Nuestros compatriotas parecen
querer devolver la moneda de su invasión incruenta a los chinos que se han
asentado entre nosotros; buscan, quizá, una promesa de trabajo en su lejano
país. ¿No tendrá China otra Gran Muralla que construir para absorber nuestra
mano de obra?
Existen oscuras tramas de
delincuencia que ensombrecen la reputación de la comunidad china, pero en parte
son sombras chinescas, figuras que distraen de la realidad general. Lo verdaderamente
oscuro de los chinos que nos habitan se halla a la vista de todos: en esos
atestados bazares mezquinos con la luz, mechinales lúgubres, comercios que
tienen poco de detallista porque no se ve nada.
Pero también hay otra China que
remonta la caricatura: la que ha cautivado a poetas como Ezra Pound y Agustín
de Foxá, que se rindieron a la delicadeza y hondura de aquella literatura, de
aquel pensamiento, y trataron de verterlos a sus propias obras. El último en
sumarse a esta estela es el argentino Eduardo Berti, flamante ganador del
premio Las Américas por su deliciosa novela El
país imaginado, que contra lo que pudiera pensarse no es China, aunque allí
se desarrolle la acción, sino otro que no debo desvelar yo aquí.
En el seno de una historia de amor
y fantasmas se presenta una escritura que no es del mandarín, sino un raro
código, el nu-shu, empleado antaño por
las mujeres para comunicarse a hurtadillas. Un lenguaje que quedaba en los
bordados y no en el encerado, que se transmitía como un rito femenino y del que
no tendrán seguramente idea Chen Lin y Li Juyang, las dos jóvenes docentes del
IES Sevilla Este y del IES Triana, nuestros focos sinólogos. No se pierdan la estupenda
obra de Berti (¡ni la próxima clase de chino!).
(El Mundo, edición de Sevilla, 2-11-12)

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Un cordial saludo.