En las tubas de las gargantas y el afinamiento de sus cuerdas vocales, cuántas diferencias. No hay dos distintas, como sucede con las huellas dactilares. Y a esa variedad se unen, además, los acentos, y la forma de recitar incluso. ¿Acaso no es única la voz rota de Leopoldo María Panero, como una burbuja, en el momento de estallar, de la interminable y platónica cocacola que siempre anda bebiendo, encarnada en botellas distintas? ¿Acaso no lo era, sonante en la melopea, la del recientemente desaparecido Agustín García Calvo, zamorana y del Egeo, con dáctilos y todos los pies de la prosodia y versificación que estudió tan a fondo?
Escribió José Moreno Villa sobre las características de un puñado de voces: "La de Guillén (Jorge), aguda y garrasposa; la de Neruda, un tanto china y melcochada; la de Juan Ramón, con algo de tenor; la de León Felipe, con timbre de noble madera -a diferencia de los timbres argentino y cristalino-; la de García Lorca, desafinada a cada paso; la de Unamuno, chillona y angosta; la de Antonio Machado, como de canónigo que habla consigo mismo."
Lástima no haberlas oído. De entre las que sí han dejado su eco, que aún percibo, recuerdo ahora la de José Hierro, profunda y ancestral igual que una caverna, con sus pinturas rupestres y todo como una prolongación telúrica de las Cuevas de Altamira, en su Cantabria natal.
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