Y acabó la campaña de clasificación de productos recogidos
por el Banco de Alimentos de Sevilla. La buena noticia (dentro de la terrible
de la crisis económica que hace cada vez más necesarias iniciativas como la
suya) es que se reunieron muchas más toneladas de comida de las previstas; que muchas
más personas de las inicialmente necesarias dieron un paso al frente, y a qué
ritmo; y que, como consecuencia de lo anterior, se agotaron las cajas de
cartón, a las que hubo que reforzar con un nuevo pedido.
El
Banco de Alimentos presta un gran servicio, no solo a los beneficiarios
directos de los víveres acopiados; hay asimismo algo inmaterial y pese a ello comprobable:
reparte algo parecido a la felicidad entre quienes participan en la tarea de
ayudar a los demás. Si a cualquier persona que haya salido de esa nave de la
avenida de la Raza se le hubieran colocado los electrodos medidores del bienestar,
este habría sido el resultado: paz, armonía, una conciencia de la que se han
replegado los humores turbulentos y brilla trasparente como un vaso de agua.
Solo
faltaron los cantos de trabajo que en diferentes culturas acompañan a la faena
colectiva, sea el cosechar o el enfurtido de la lana. Pero imperó el buen humor
entre manos que reciben el impacto de paquetes de garbanzos o, como en el Oeste
–también había espaguetis–, ante el fingimiento de una herida al
romperse un bote de tomate frito.
El
trabajo en común, el objetivo compartido del beneficio colectivo por encima del
individualismo, el pensar en los demás y actuar desprendidamente tiene su
resultado. Es algo que enseñaban las sesiones de coaching cuando la economía parecía que iba bien: que trabajar en
equipo, que remar todos juntos en una misma dirección rinde sus frutos.
Lo
peor del trabajo de estas personas es que con buena voluntad y un pequeño
sacrificio solo han conseguido poner un parche al desaguisado de un modelo de
economía desaprensiva, del capitalismo especulativo, de la gran pamema que nos
ha traído hasta aquí y que nos quiere mansos, incluso lamiendo la bota que nos
pisa.
Lo
mejor, su lección: podemos aprender del Banco de Alimentos, como de Cáritas y
otras entidades, a trasladar este esfuerzo comunitario al conjunto de España,
que tanto exige el deponer los egoísmos. Más o menos a la altura del ombligo
(no es, pues, posible mirárselo) discurre la cinta transportadora de la solidaridad,
en que, al margen de políticos, cada cual tiene su puesto, su afán, que es –y debe ser–
el de todos.
(El Mundo, edición de Sevilla, 21-12-12)

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