Coinciden –como el hambre con las ganas de comer– la crisis
económica general con la particular del mundo de la letra impresa, ya sea la
del libro, ya la de los periódicos. En este ámbito todos están afectados por la
ordalía en mayor o menor medida, pero pocas decadencias tan funestas como la de
las librerías, pues la desaparición de estas empobrece nuestras calles, y da en
un país más bárbaro.
Por
eso aparece en el calendario una nueva jornada a señalar, el llamado Día de las
Librerías. Mediante él, estas quieren llamar la atención, recordar su necesaria
presencia, hacer ruido, ellas que expenden esos objetos, casi siempre hermosos,
que piden, casi con un susurro, el silencio de la lectura. Hoy es ese día.
Todas las afiliadas a la Federación de Gremios y Asociaciones de Libreros de
España, la CEGAL, abrirán hasta las diez de la noche, y ofrecerán un pequeño
descuento, el máximo que por ley, y por las circunstancias que atraviesan,
pueden permitirse.
En
Sevilla (supongo que como en todas partes, pero es lo que mejor conozco), se da
la paradoja de que precisamente las mejores sufren junto al descalabro general
de la facturación otro insultante: el de que las ventas de mostrador tengan que
financiar a las de clientes como la universidad. Su morosidad, que como fiel
reflejo de la sociedad a la que sirve tanto ha derrochado hasta hace nada, más
la vasta deuda de la Junta, hace que el estado del enfermo sea aún más grave. Meses
de impagos a los establecimientos acreedores hacen atravesar a estos
dificultades que exigen hacer con la mermada faltriquera toda suerte de
malabarismos, aunque antípodas de los de la ingeniería financiera que ha sido,
entre otras desgracias, una de las causas de la presente crisis.
Hablé
de paradojas, ese casi género tan del gusto de un escritor que asociamos a los
libros como pocos y director de la Biblioteca Nacional argentina: Jorge Luis
Borges. Una, y nada despreciable, es que el alma
mater que no bien ayer iba a levantar una nueva biblioteca en los jardines
del Prado ahora contribuya con su arrastrada “roncha” al erial, al boquete que
pronto pueden ser las librerías que la proveen.
No
hay que lisonjear a las librerías; quien las visita se halaga a sí mismo al
frecuentarlas, al ejercitar con ellas su inteligencia. Y si compra un libro,
pagándolo religiosamente, hay que recordar que esto, tan de buena educación, no
es algo que haga cualquiera, aunque tenga estudios, como la Hispalense. Pero
hoy, celebremos. No hurguemos en la herida.
(El Mundo, edición de Sevilla, 30-11-12)
Acompañando al periódico, en El Cultural se publicaba ayer un reportaje en el que diferentes escritores y editores daban el nombre de su librería preferida en el extranjero. Manuel Borrás, de Pre-Textos, citaba Daunt Books, que es también mi favorita en Londres. Aquí una foto del pasado otoño, en la principal de la pequeña cadena en Marylebone High Street.
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