Podría decir que la decadencia de la filología clásica, del conocimiento del griego y el latín en el bachillerato y las carreras de Letras en España es una lástima, pero la palabra lástima carga con las angarillas resignadas de la connotación de lo fatal, lo irreparable, lo que no está en nuestra mano corregir. La pena de la impotencia.
"Me acuerdo de la alegría que me entraba cuando, teniendo que hacer una traducción del latín, encontraba en el Gaffiot la traducción de una frase completa", escribió Georges Perec en Me acuerdo. También yo me acuerdo de lo mismo, lo cual siempre era muy de agradecer pues nunca fui buen estudiante, de latín ni de casi nada que me viniera impuesto (ahora, preguntadme por las cronologías de los reyes de Deira y Bernicia o por el irlandés antiguo, que soy capaz de mandar al paro, como si un español más fuera, al alemán Kuno Meyer). Pero, a lo que iba, sin esa lengua, el bendito latín, sin el conocimiento de su sintaxis, sé que escribiría mucho peor, de manera más plana. En una balda conservo el diccionario, que naturalmente no era el francés Gaffiot de Perec, ni el Spes que tenían casi todos mis compañeros. El mío era el Sopena, que tampoco estaba mal.
El actual Gobierno español está más pendiente del inglés de las timbas de Wall Street que del añejo latín nuestro. Matar al padre, sí, por un mísero puñado de lentils.
No me resigno. No me da lástima. No mientras podamos alzar la voz contra ello en nuestra lengua -hija pródiga- romance, que para el caso se vuelve belicosa y, con pinturas de guerra, si hace falta comanche.

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